en Etapa 3: Madrid 27 de Enero 2017, Uncategorized

 

SAN ANTÓN, allá en su hornacina, se removió un poco, cambió el peso de su cuerpo al  otro pie…» AZV

2017 01 15 Antonio Viudas Camarasa

El día 27 de enero de 2017 nos reuniremos en el Instituto San Isidro de Madrid, donde estudió el bachillerato Alonso Zamora Vicente para cerrar el itinerario del noroeste peninsular en el que hemos leído, estudiado e investigado los discípulos y amigos del homenajeado aspectos de su vida y obra (Cáceres, Malpartida de Cáceres, Mérida  y Madrid). El balance ha sido muy positivo y ahora nos queda coronar la labor con una nueva  visión de futuro de la obra del maestro: leer su obra e interpretarla con la perspectiva que da el tiempo histórico con el que debemos ver los asuntos analizados según nos  enseñó oralmente y ha dejado escrito en distintos pasajes de su obra.

En las palabras preliminares nos informa que surge  Examen de ingreso, años veinte  de los pliegues de la memoria en páginas «rápidas, fugaces resurrecciones de personas, sucesos, ambientes que, en el Madrid de la tercera década del siglo, eran la cenefa familiar de la vida, y  a la que el paso del tiempo ha borrado de las esquinas…». Son complemento y contemplan con otra perspectiva el Madrid de Primeras hojas. Examen de ingreso no son estampas como él gustaba decir ni escenas de teatro, sino que, en mi modesto modo de ver y entender, es un guión cinematográfico en el que las secuencias están llenas de perspectiva y de gente, personajes espectadores de un espectáculo social y protagonistas del espectáculo mismo. Mil bocas abiertas viendo la propia acción del ser colectivo.

Me quiero fijar en el análisis de la secuencia cinematográfica tan singular que ofrece Alonso Zamora en el legado que ha querido dejar en «San Antón», que forma parte de uno de sus últimos libros, publicado cuando tenía 75 años.

El libro presenta estructura circular en la que se repasan las fiestas y costumbres de Madrid en un ciclo natural marcado por las estaciones del año. Esta presentación  me recuerda la de los antropólogos que siguiendo el calendario y los meses del año describen las labores del año agrícola, referido en este caso al pueblo de Madrid que emerge como capital urbanita en los años veinte. El calendario agrícola que está tan excelentemente descrito en las estampas medievales de los frescos de  San Isidoro en la Colegiata de León y en otros monumentos se trasciende en la descripción de los antropólogos del siglo XX en las cuatro estaciones que ya inmortalizó Antonio Vivaldi en música donde desfilan perros y pastores en paisajes diversos. El recuerdo estudiantil más cercano que guardo de llevar la antropología al cine es el del documental Navarra, las Cuatro Estaciones: «Documental grabado los años 1970 y 1971 por los hermanos Caro Baroja (Julio y Pío). Una gran muestra de músicas, deportes, danzas, tradiciones y en definitiva costumbres a lo largo y ancho del país en las diferentes estaciones del año», que visioné presentado por sus autores en el salón de actos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas al que asistimos los alumnos de la asignatura Geografía lingüística impartida por el profesor Manuel Alvar, tras haber oído en nuestra clase, de las nueve de la mañana en el Edificio B de la Facultad de Filosofía y Letras, una lección magistral de Julio Caro Baroja sobre su interpretación tan personal y genuina de la etnografía española. Examen de ingreso rezuma antropología, etnografía y fiestas populares en cada página, mezclada con la historia e intrahistoria del Madrid de los años veinte en el recuerdo de Alonso Zamora.

En  Examen de ingreso, años veinte la afición al cine de Alonso Zamora Vicente se deja notar en muchas páginas, junto al escritor del realismo mágico. Me voy a fijar en esta reflexión compartida con vosotros en la secuencias de San Antón. Sitúa la acción en enero con nieves:  «En Madrid, solía nevar por esa altura del año» […] «Revuelo de campanas, silencio roto de la nieve» […] «Y es que, sin duda, hacía mucho frío aquel día de San Antón, ya digo, mediado enero, ya se sabe… Solía nevar en Madrid por esa altura del año». Lo popular en Zamora Vicente nos lleva al refranero aragonés vivo: «Para San Antón nevadura, para San Lorenzo calura».  El buhonero, en la secuencia cinematográfica «La camioneta» (Examen de ingreso, pág. 89 ) ofrece: «el calendario zaragozano de Mariano Castillo, trae el anuncio de las tormentas, los temporales  y las heladas». El calendario zaragozano en 1915 tenía una tirada de un millón y medio de ejemplares y se vendía  a 15 céntimos el ejemplar en 1920.

En «San Antón» Alonso Zamora  mezcla la descripción de la vida real con el realismo mágico del pie del santo que cambia de posición:  «… muchos madrileños asegurábamos entonces, y no vale la pena insistir, siempre habrá descreídos que no nos tomen en serio, que el santo patrón, allá en su hornacina, se removió un poco, cambió el peso de su cuerpo al  otro pie, hombre, dígame usted, tantos siglos sobre el [76] mismo, y disimuló, silbandillo…»

Ante la cámara y el lector de la secuencia pasan los protagonistas principales que son la «escolta de bestezuelas» y la «variopinta procesión de animalitos», ante la puerta de la Iglesia de San Antón, situada en la calle Hortaleza, chaflán con Santa Brígida,  con la Fuente de los Delfines. En frase rápida vierte sus saberes sobre la reforma de la Fuente y su nombre «gresca chillona por ese nombre», que fue ideada por  Ventura Rodríguez con dos galápagos,  sustituida  hacia 1900 por  dos delfines, manteniendo el almohadillado, la cartela fundacional  y restos del pilón.

Las clases sociales estratificadas desfilan ante  San Antón en la bendición de los burros por el celebrante: el clero, los representantes del comercio de la zona, los maestros de la graduada, la guardia municipal con sus caballos, los basureros con sus mulas, los chatarreros con borrico cañí.

Al mismo tiempo el autor recuerda el pasado con unas señoras rancias con el desfile de años anteriores de niño, adolescente y joven: tranviarios con el ronzal de encuarte,  jamelgos de picadores, corvetas cascabeleras,  jacas de caleseros  que llevan a las presidentas de las corridas de toros (Guiño a Primeras hojas), caballos de batallas de flores, percherones de lecheros, Húsares de Pavía, lanceros de Ceriñola, chulapos de zarzuela y el guiño  a los restos de la vida colonial: el loro antillano y  la mona filipina.

Más público protagonista: las señoras y jovencitas con sus canarios, verderones, jilgueros, malvises. Perros y más perros. Y los chavales de la acera que se ríen de los niños elegantones con gato siamés, conejillos de Indias y un galápago (para no olvidar el antiguo nombre de Fuente de los Galápagos). Los gitanos del tamboril y dulzaina  y el viejo con la cabra.

Y al final la escena principal de la secuencia: el repatriado de África con su  cajita con insectos que hace que el celebrante se eche por la calle del medio  «Bendita sea la dichosa cajita, y Dios en casa de todos, ¡y lárguese con viento fresco, qué caaa…»

No falta ni la oveja protegida por San Antón ni el carnero mascota del Regimiento Inmemorial del Rey número Uno, donde avatares de la vida  el que suscribe sirvió como soldado desde enero  1969 a finales de agosto de 1970.

Las referencias personales a la vida del autor entre otras las encuentro en «aquel chucho que aulló toda la noche cuando se [75] murió el abuelo».

No olvida las referencias tan queridas en su prosa a la medicina popular representadas en las gallinas (los caldos para parturientas de Ruperto de Nola) «…  o la perrita, aquella lobuna que parió siete perritos, se los quitaron para matarlos y hacer caldo, mano de santo para la tisis…» y las vacas de las vacunas que le recuerdan el escaparate de la calle Preciados “… donde había que comprar el líquido portentoso, llevárselo al médico y poder así matricularse en el Instituto…»

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