en Otras Colaboraciones

20161109 7:56h Antonio Viudas Camarasa

En la segunda quincena, tras conversación con Berta Pallares, me puse en contacto telefónico con un excelente testimonio del paso de Alonso Zamora Vicente por Salamanca. Tras encantador conversación me sitúo la Salamanca franquista de los años en que coincidieron los dos profesores, José Luis García Rúa y Alonso Zamora Vicente. Me aseguró sobre testimonios desconocidos para mí. Me situó al profesorado adverso a Alonso Zamora Vicente y el profesorado amigo y sobre todo me confirmó el grupo de estudiantes que admiraban a Alonso Zamora como profesor y ante todo como persona humana sencilla y con los pies en el suelo entre falangistas de aluvión y otras especies que guarda la intrahistoria de la Salamanca de los primeros años del franquismo. Le pedí adhesión al homenaje, me prometió remitir un poema y días después su hijo, Héctor me mandó lo prometido. Berta guarda como oro empaño este poema y también me lo remitió días antes.

 

Correo electrónico

23 de agosto 2016

De: jlgrua [José Luis García Grúa] Fecha: 22 de agosto de 2016, 11:58
Asunto: Poema de José Luis García Rúa sobre Alonso Zamora Vicente y Maria Josefa Canellada
Para: Antonio Viudas Camarasa

Soy Héctor, un hijo de José Luis García Rúa, le envío, más abajo y también en fichero adjunto, el poema que José Luis le prometió hacerle llegar, por si es de interés, para el homenaje que están ustedes organizando sobre las figuras de Alonso Zamora Vicente y Mariajosefa Canellada.

A fin de mes José Luis volverá de Asturias y le facilitaré el borrador y la solicitud de colaboración (las 27 líneas en holandesa).

Le mando este correo desde dos remites distintos, el mío y el de José Luis.

Saludo

 

No viene a humo de pajas haber hecho
el prólogo anterior,
sino por dar explicación y entrada
a la prócer figura
de Zamora Vicente,
otro de aquellos hombres
que la fortuna quiso
poner en la vereda
de quien esto nos cuenta.
Oriundo de Madrid
y joven profesor, aquel entonces,
Don Alonso traía a nuestras aulas
de aquella Salamanca de pecados
el espíritu aquel de la anteguerra,
aprendido en las salas complutenses,
en la calle del Gato,
ö en la Residencia de Estudiantes.
Rezumaban de toda su persona
los castro, los Zubiri, los Pidal,
los Navarrotomás, los Montesinos…,
toda aquella rampante Ilustración
que pululaba airosa
por el Centro de Históricos Estudios,
en su profundo empeño
de abrir mentes y luz a las tinieblas.
Las glosas, que él hacía a las Sonatas
de Valleinclán, tenían
sabor a dulces cantos
de la Galicia envuelta entre las brumas,
o insinuaban el tono
de cálidos humores tropicales,
cuando se detenían
en los encantos de la Niña Chole.
Los escolios que hacía
a los textos de Inclán en Esperpentos
resumían de modo magistral
aquellos aguafuertes
que mezclaban la hiel de la tragedia
a la sangrante broma
de lä ópera bufa.
Frente al empalagoso
y dulzarrón hartazgo
de folklores de escuela promovidos
por las instituciones oficiales,
que el oficio tenían
de ser el altavoz de propaganda
al falso populismo del sistema,
Don Alonso traía a la memoria
el recuerdo de aquella Encarnación,
la que por apellidos
había López y Júlvez,
aquella encantadora “Argentinita”,
a la que, según él, la España entera
le bailaba los pies.
Hablaba de Salinas
y su Razón de Amor,
de los diversos Cánticos
que Guillén componía,
de las brisas atlánticas que Alberti
hacía vivir en Marinero en Tierra.
Hablaba emocionado
de aquel duende del niño Federico,
de la fuerza que había el Romancero,
del drama que su lírica encerraba
y del lirismo vivo en sus tragedias.
Ponía, sin forzarlo,
el uso coloquial
de términos festivos,
que, como “forajido” o “putrefacto”,
bullían en la jerga
de aquella Residencia de Estudiantes.
Todö ello, ofrecido
de los rientes aires de preguerra,
en el erial inhóspito
que fuera resultado
del fatal desenlace
de aquel enfrentamiento,
y servido a los ojos
de los años cuarenta,
era un regalo enorme
con el que Don Alonso
obsequiaba al alumno
de aquella viva Facultad de Letras
que en Anaya tenía sus asientos…
“¡Ay, mi buen Don Alonso!”
exclama el que da fe de aquella historia,
ya viejo al recordarlo,
“aquellos rasgos nobles de tu cara,
aquella gran dulzura
de tu suave sonrisa,
aquel hablar cantando,
aquel andar tranquilo…
¡ay, cómo los recuerdo!
¡qué paz me trae al alma!
Os tengo en una imagen imborrable,
en aquella estación
de los ferrocarriles,
junto contigo, nuestra dulce Berta,
despidiendo mi vida salmantina,
camino de Alemania…
‘Que seas muy feliz’,
dijiste, sólo eso.
Un abrazo apretado,
una mirada honda y un adiós.
¡Gracias, Alonso, gracias, gracias, Berta!”
Entiende, sin embargo,
nuestro testimoniante
que este leve bosquejo
en la recordación
de Zamora Vicente,
muy cojo en sí de suyo,
quedaría más cojo todavía,
si no cupiera en él Maríajosefa,
su buena compañera,
tierna como las uvas en otoño,
dulce como las brevas y la miel.
¡Aquella bondadosa
y fina Canellada!,
la inteligente autora de trabajos
de excepcional valía,
mudos, callados, ellos,
como todo lo bueno
quë hace la natura,
aquella alma sensible que escribiera,
se antoja que pensando en su marido,
“Los rumbos me enseñaste y los caminos,
catedrales y torres, la hermosura
de los montes al mar, y sta ternura
tan gozosa de ver nacer los pinos”.
¡Cuánta, cuánta belleza!
¡bendita seas, María!

Extracto del poema 6 titulado Los hombres (págs. 75 a 77) incluido en la obra Mis ciudades II. Salamanca. En la marea del Siglo, de José Luis García Rúa. Editado por Ateneo Obrero de Gijon e If ediciones en la colección Contrastes nº8. ISBN 84-87958-67-2, D.L. S-1559-2005.

23 de agosto 2016

De: Antonio Viudas Camarasa
Fecha: 23 de agosto de 2016, 9:11
Asunto: Re: Poema de José Luis García Rúa sobre Alonso Zamora Vicente y Maria Josefa Canellada
Para: José Luis García Grúa 

Precioso poema, José Luis, lo pondré en la página web  del itinerario,  antes lo insertaré en los correos abiertos.
Gracias por tu ayuda y colaboración.
Feliz verano.
Antonio
Tel.  […]

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