en Barcarrota, PACHECO 2020
Actualizado 2020 10 21:18

Adrián Tejeda Cano

en

MANUEL PACHECO

EN BARCARROTA

7/8 N 2020

SÁBADO 7 N 2020

JORNADA DE TARDE

18:00h. SESIÓN TÉCNICA


MESA REDONDA–DEBATE –3. Poesía, lectura y contexto de Manuel Pacheco

  • Centro Cultural «Luis García Iglesias». Calle Jerez, 42, 06160 BARCARROTA, Badajoz

7. Manuel Pacheco y Rainer María Rilke. Paralelismos. Una ligera aproximación. Adrián Tejeda Cano. Lector, escritor y docente. IES Castelar. Badajoz

 

 

Adrián Tejeda Cano

 «Manuel Pacheco y Rainer María Rilke. Paralelismos. Una ligera aproximación»

CURRICULUM VITAE

Adrián Tejeda Cano

Adrián Tejeda Cano (1979, San Vicente de Alcántara, Badajoz) es profesor de secundaria por la especialidad de Procesos de Diagnóstico Clínico en el IES CASTELAR de Badajoz.

Además de ello, es lector y a veces también escribe. En este último ámbito cabe destacar la publicación de dos novelas Pangea (2014) y Decadencia (2017), siendo la primera finalista del I certamen internacional literario de ciencia ficción 451 organizada por la editorial Ediciones Irreverentes y la segunda vencedora del segundo de los certámenes. Además de ello ha publicado en dos antologías de relatos dirigidas por la misma editorial.

Por otro lado cabe mencionar sus colaboraciones en diversos publicaciones digitales tanto en columnas de opinión como en revistas especializadas de literatura y filosofía.

 

PALABRAS CLAVE:

Adrián Tejeda Cano  

«Manuel Pacheco y Rainer María Rilke. Paralelismos. Una ligera aproximación»

Manuel Pacheco. Rainer María Rilke. Simbolismo. Arte. Música. Pintura. Cultura tradicional española. Misticismo. Introspección. Muerte. Lenguaje.

RESUMEN

Adrián Tejeda Cano 

«Manuel Pacheco y Rainer María Rilke. Paralelismos. Una ligera aproximación»

Se sabe del interés que Manuel Pacheco tuvo por el poeta checo Rainer María Rilke, uno de los mayores genios de la poesía universal. Dicho interés, traducido en el estudio y lecturas de la obra del padre de las Elegías por parte del poeta extremeño, muy probablemente dejara su impronta en la visión caleidoscópica del pensamiento poético de Pacheco.

Existen algunas evidencias que así no lo hacen pensar: el más notable rasgo es quizás el interés que ambos autores tuvieron en alguna etapa de su obra sobre el misticismo, y que dio lugar a una colección de poemas de temática religiosa donde se reflejan situaciones de algunos pasajes de la tradición judeocristiana.

No obstante, hay que destacar otra serie de analogías entre la poesía de Pacheco y de Rilke: probablemente como consecuencia de las propias experiencias personales en su niñez, en ambos afloró muy tempranamente un lirismo poético introspectivo donde el Hombre y sus problemas existenciales asumen un papel destacado: en ese plano, la muerte adquiere en el ideario poético pachequiano y rilkeano un papel preponderante en varios momentos de sus obras.

Por otro lado, tanto Pacheco como Rilke, compartieron una misma obsesión por el lenguaje y el simbolismo, muy trabajados los dos a lo largo de toda su obra.

Finalmente hemos de subrayar la presencia del arte en algunas de sus formas de expresión (música y pintura) y la cultura tradicional española (los toros, el baile tradicional) como elementos sustanciales del ideario poético para ambos autores en algún momento de sus vidas.

TEXTO ONLINE

 

Manuel Pacheco y Rainer María Rilke. Paralelismos. Una ligera aproximación

Adrián Tejeda Cano

 

  1. Introducción

No es casualidad que Manuel Pacheco se expresara de la siguiente manera cuando hablaba sobre la presencia de la muerte en su vida y, por lo tanto, en su propia obra. “La muerte la vi de muy cerca, cuando llevaba un año en el hospicio un niño se murió de una tisis galopante, (…) luego en el hospital murieron muchos tuberculosos (…) iba adquiriendo las experiencias que dijo Rilke debía tener todo poeta antes de escribir un verso estar dentro de la visa con sus dolores, sus alegrías, su amor, su odio, y sus muertes”. De esta manera, sin duda, Pacheco demuestra no solamente haber leído a uno de los mayores poetas de todos los tiempos, sino haber sentido su obra en lo más profundo de su ser, algo que probablemente haya tenido impacto en el propio universo poético pachequiano.

Con estos breves apuntes que a continuación se presentan, intentaremos dilucidar la huella rilkeana en el hacer poético de Pacheco, subrayando aquellas consideraciones que nos resultan particularmente llamativas por su proximidad, unas obras que parecen alojar ciertos paralelismos entroncados en episodios personales que marcaron la vida de los dos autores y que les hicieron conocer en profundidad la experiencia existencial con todos sus matices. No es extraño, por lo tanto, hallar similitudes, no tanto estilísticas ya que ambos poetas se distinguen precisamente por su inigualable singularidad, aunque sí en la temática, en la idea de la Poesía y en la misión que el propio poeta adquiere para con el mundo.

  1. Vidas paralelas

Somos el resultado de lo que vivimos; eso mismo, en un poeta, cobra doble significado, sobre todo cuando hablamos de autores que tienen una mirada completa del mundo sobre la que construyen la lírica necesaria. Esta manera totalizadora de pensar la poesía y de escribirla también, donde se consuma lo que sucede dentro con lo que se siente desde fuera está presente y de qué manera en la obra de Manuel Pacheco. También sucede en Rainer María Rilke, con una mirada tan panteística como introspectiva de la cual surgen un sistema poético-filosófico inaudito del que sin duda bebió el autor extremeño en algunos momentos de su vida.

Pero, al margen de estas consideraciones que sin ningún género de dudas contribuyeron a una influencia aprendida a partir de las lecturas del padre de las Elegías y de los Sonetos a Orfeo, existe un germen vertebrador común conformado desde la aprehensión de ciertos acontecimientos que marcaron sus vidas.

Justamente, en ese oficio de vivir que conforman los límites de la inspiración, vamos a extraer algunos paralelismos notables.

Pacheco no fue un poeta coetáneo de Rilke: tan sólo coincidieron seis años en este mundo, aunque los dos nacen en el mismo mes de diciembre. Cuando Pacheco ve la luz en aquel diecinueve de diciembre de mil novecientos veinte, Rilke ya se encuentra en el ocaso de su vida, aunque desde el punto de vista poético no podemos considerarlo así, ya que en su última etapa conocida como tardía surgen algunos poemas mayores tal y como sostiene Jaime Ferreiro Alemparte.

Cuando Rilke exhala su último suspiro el veintinueve de diciembre de mil novecientos veintiséis, Pacheco contaba con tan sólo seis años de edad; vivía en Olivenza junto a sus padres y sus tres hermanos, si bien un accidente doméstico le privó de la presencia temprana de su progenitor (tan sólo dos años después, el 0cho de noviembre de 1928), algo que llevó el poeta siempre muy dentro de sí puesto que en cierta manera se sentía responsable de la pérdida (Joaquín, su padre, había muerto tras las heridas sufridas por una caída fortuita de un árbol cuando se subió a recoger almendras para su hijo Manuel). Este hecho condicionó la vida de toda la familia: su madre, Joaquina, a la que le resultaba imposible mantener económicamente a la familia, manda a Manuel al hospicio de la diputación de Badajoz ese mismo año. Allí Pacheco conoce la soledad y las penurias propias de la época, si bien también empieza a leer mucho y variadamente gracias a las lecturas que les facilita algún anciano que por allí estaba, un momento importante para su cultivo interior como poeta que irá tranzando con el paso de los años y de manera autodidacta. La etapa del hospicio es la etapa de la ausencia del calor del hogar, de la madre, a la que le dedica unos de los poemas que a juicio de José Manuel Blecua es aquel en el que el amor filial es representado como uno de los mejores exponentes de la lírica española, tal y como apunta Viudas Camarasa en el estudio introductorio de su obra completa editada por la Editorial Regional Extremeña.

La experiencia de Rilke en su juventud es semejante a la de Pacheco en cierta manera: René Karl Wilhelm Johann Josef María Rilke, mundialmente conocido como Rainer María Rilke, nace en la Praga del imperio austrohúngaro el cuatro de diciembre de mil ochocientos setenta y cinco en el seno de una familia burguesa venida a menos. Su padre, Josef, militar pero incapacitado para la profesión por motivos de salud, ejercía como ferroviario en la capital del reino de Bohemia.   Su madre, Sophie, procedía de una familia de industriales judíos con alguna ascendencia nobiliaria. Este hecho marcó toda la vida de su progenitora hasta el punto de abandonar a su único hijo y a su marido en el año mil ochocientos ochenta y cuatro para instalarse en la corte de Viena en espera de alcanzar ese reconocimiento que ella demandaba. Si bien Rilke nunca tuvo una relación cordial con su madre, ni tampoco especialmente cercana con su padre, aunque del segundo no guardara un especial mal recuerdo e incluso le dedicara algún poema en su etapa de juventud, la ausencia del hogar también marcó su primera etapa en la que el hospicio para Rilke tuvo forma de academia militar, “el abecedario de los horrores”, como se refería a ese ambiente el poeta checo, y que serían su hogar entre el año de la partida de su madre y el de mil ochocientos noventa y uno.

Allí enfermó Rilke, una oportunidad que le permitió salir de ese entorno castrense tan doloroso para comenzar a estudiar literatura, historia del arte y filosofía, primero en Praga y luego en Múnich, estudios que nunca finalizó, por lo que podemos decir que la formación poética del checo, al igual que en el caso de Pacheco, fue ciertamente autodidacta.

La vida adulta en los dos poetas está caracterizada por una salud precaria, así como por la carencia de recursos económicos, muy acusados en el caso de Rilke lo que le llevaría a vivir mantenido por las amistades dentro de la aristocracia europea que cultivó a lo largo de toda su vida errante por el continente. De entre todas ellas debemos destacar a la figura de la escritora Lou-Andreas Salomé, catorce años mayor que Rilke, pero con la que mantuvo un romance durante unos dos años, si bien su amistad (que para Eustaquio Barjau rozaba en algunos momentos la relación maternofilial), estuvo presente hasta el momento de la muerte del poeta.

Precisamente es en Lou Salomé en donde tenemos que ver la figura de la madre ausente en el caso del Rilke, tan evocada en algunos momentos de la obra del genial poeta tanto en la correspondencia epistolar mantenida por ambos como en los trabajos poéticos que le dedicara específicamente a la escritora de ascendencia rusa.

Pacheco, con una vida quizás más prosaica, también experimentó las carencias materiales lo que le llevó a pasar dificultades y a cursar diferentes trabajos de muy diversa índole para mantener a su familia. Sin duda, tales circunstancias le acercaron más a la tierra y a los problemas del hombre en el más acá de la esfera celeste, un punto de divergencia claro con Rilke, más centrado en asuntos metafísicos y existenciales.

 

  1. Entre el cielo y la tierra

Sea como fuere, está claro que los dos poetas tienen la mirada puesta tanto en el cielo como en la tierra; ninguno de los dos contempla una diferencia en esa necesidad de conjunción de todo lo que existe, lo que realmente es y gira alrededor de los ojos que contemplan.

En cuanto al espacio celeste tanto en Rilke como en Pacheco rezuma una composición mística propia de la tradición judeocristiana.

El caso de Rilke es especialmente singular toda vez que en su cuna confluyen las tres doctrinas de los credos mayores de la tradición europea, la fe ortodoxa, la judía (ya hemos dicho que la familia del poeta profesaba esta fe) y también la cristiana.

Con respecto a la primera de las creencias, hay que destacar la impresión que le dejara al poeta algunas de las experiencias vividas en sus dos famosos viajes a Rusia de la mano de Lou Andreas Salomé, sobre todo la pascua moscovita, de lo cual dejó constancia en algunas composiciones incluidas en sus famosas Elegías de Duino tal y como apunta Jaime Ferreiro Alemparte. A Rilke le impresionó sobre todo la devoción que la fe impregnaba al pueblo, algo que también encontró en su viaje a España tanto en Toledo como en Ronda, y que de la misma manera inspiraría algunas composiciones posteriores.

Pero el interés por el misticismo religioso ya le rumiaba a Rilke antes de acometer tales viajes transcendentales. Se sabe de la importancia que tuvo para su obra las lecturas del místico San Juan de la Cruz, así como del Flos Santorum o vida de los santos del toledano Pedro de Ribadeneira.

De esa poso místico-conceptual nace una colección de poemas de temática religiosa como son los recogidos en el poemario La vida de María, donde el acervo religioso se imbrica con el interés pictórico de obras de diversos autores, destacando la figura de El Greco.

Hay que destacar que la concepción místico-religiosa de Rilke se aleja un tanto de la doctrina religiosa más ortodoxa; de hecho, en sus ideas cósmicas se puede entrever una visión más pagana y cercana al panteísmo que al credo judeocristiano. De hecho, podemos decir que su interés mayormente está centrado en los aspectos estéticos como son las vidas de los santos y sobre todo la figura del ángel, tan importante en el sistema filosófico-poético del autor como veremos posteriormente, aunque hay que señalar que no será un ángel judeocristiano en el sentido que contemplan los escritos sagrados, algo que debió conocer perfectamente Pacheco a tenor de algunas ideas que parecen merodear alrededor de la obra El arcángel sonámbulo.

También hay que destacar que, tanto en Rilke como en Pacheco, el poeta adquiere la figura de una especie de pastor religioso cuya misión es alumbrar al mundo con sus armas, la palabra, aunque el mensaje redentor hacia la humanidad sea distinto: Rilke más centrado en esclarecer el orden de la cosmogonía que él entiende como existente y Pacheco, más dispuesto a denunciar las injusticias del mundo, aquellas que Cristo denunciara con tanta vehemencia.

Es por lo tanto la visión de Pacheco mucho más doctrinal en el sentido judeocristiano: venera la figura del hijo crucificado, muerto en la cruz para salvar a los hombres, capaz de echar a los fariseos de su templo y de denunciar la pobreza y el hambre del mundo.

Según apunta Viudas Camarasa, Pacheco estuvo muy atento a los cambios que ocurrieron en la iglesia católica durante todo el siglo XX, y eso, de alguna manera, también está presente en su obra. Dentro del clero tuvo ciertas amistades, aunque también ciertos desencuentros; muchos religiosos cultos leyeron y apreciaron su poesía. Pacheco fue un gran admirador de la labor pastoral de Juan XXIII, el papa de los pobres, precisamente por su cercanía y compromiso con los más desfavorecidos.

En Pacheco podemos encontrar una serie de composiciones donde la temática religiosa es el elemento principal de su lírica: escribió villancicos (al igual que Rilke, por cierto), a Cristo redentor al cual habla en sus Glosas a Jesús crucificado o incluso a la semana santa en su Poema en forma de Barrendero, basado en un cuadro de Antonio Vaquero Poblador. Como vemos, el arte pictórico religioso, también es una fuente de inspiración para la etapa mística de Pacheco.

Pero este sentido que ambos poetas sostiene sobre el más allá quedaría huérfano sin una concepción perfilada de lo que es tangible a este lado de la esfera celeste: el mundo concreto, el de las representaciones, el que sostiene el espacio y el tiempo.

El hombre fluye en él, ha sido depositado en su interior: a él le toca construir su propia experiencia existencial con una visión distinta a ojos de nuestros dos poetas.

Para entender al ser humano en Rilke debemos adquirir una mirada metafísica, mirada que por otro lado permitió a Martin Heidegger desgranar su sistema filosófico a lo largo de su vida y que adquiere su cuerpo en la obra Ser y tiempo, uno de los tratados filosóficos más importantes del siglo XX. Las lecturas de Rilke por parte de Heidegger fueron clave tal y como el filósofo admitiera. El Hombre es para Rilke una especie de confluencia de todos los planos de la existencia, proyectadas desde fuera hacia dentro y que caen en el interior del Ser como si fueran los vestigios de una estrella fugaz. Dicha metáfora es aplicada a conciencia en este caso para rememorar la experiencia extrasensorial de revelación que Rilke vivió en Toledo y que quedó plasmada en su poema La muerte.  Podemos entender dicho proceso totalizador como una especie de platonismo invertido tal y como lo describe Eustaquio Barjau, proceso con el que el poeta quiere alcanzar los dos mundos, el del más acá y el del más allá, lo que solamente conseguirá con la ayuda del ángel, el ser que se mueve libre entre los dos espacios.

Inspirado por la belleza pictórica de los trabajos de El Greco, donde quedaban plasmadas en los lienzos como la Asunción o la Crucifixión las figuras angélicas, Rilke, acabó de dar forma conceptual a aquel ser en donde se llevaba a cabo “la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros llevamos dentro”. Es por lo tanto el ángel rilkeano una alegoría de la totalidad, y, por lo tanto, poco o nada tiene que ver con las imágenes de la tradición judeocristiana en la que el ángel se convierte en un puente entre Dios y el Hombre.

El proyecto existencial de Rilke y la importancia del ángel está asociado a la transformación con las que poder borrar los límites de lo posible, donde no hay diferencias entre el sueño o la vigila, entre estar vivo o estar muerto, simplemente se es, y en esa idea es trascendental el concepto de la muerte, puesto que, para Rilke, toda vida gira en torno a ella. La muerte se convierte en una onda (símbolo muy importante en la poesía rilkeana) donde se refleja la negatividad de todo aquello que no se ha conseguido en vida. Pero no por ello hay que ver a la muerte como algo negativo sino como una confirmación de la propia existencia tal cual es, toda una paradoja.

El ángel es realmente un estado superior de Ser, que, una vez llegado a él, permitirá a los hombres alcanzar la sabiduría necesaria con la que poder totalizar el mundo e interiorizar la realidad mediante un proceso que acabe invisibilizándola. Ese camino hacia la perfección angélica es la base sustancial de dos de sus mayores obras, las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, aunque ya fue fraguada en otras obras anteriores como es el caso de Poemas a la noche.

Por extraño que parezca hay muchas similitudes entre este ángel y el de El arcángel sonámbulo de Pacheco, al menos en esa presencia viva que fluye por las venas del pastor, es decir, del poeta, en la visión pachequiana mucho más de carne y hueso, pero, en cualquier caso, guiado por la figura angelical como si este fuera una brújula que dirime. En Pacheco el ángel tiene dos caras, no es una única presencia, sino que son dos figuras distintas y separadas, “el arcángel negro de la realidad y el arcángel azul del sueño”.  Tal y como apunta Viudas Camarasa, en el bellísimo poema Ser poeta con el que se abre el poemario, se manifiesta claramente esa doble mirada hacia las ideas y a la realidad dentro del hacer poético que sustenta Pacheco.

Nótese la gran similitud conceptual representada en la misma figura mítica usada por los dos autores para referirse a esa dualidad del mundo que acompaña al Hombre, aunque sea en un contexto diferente. Además de esta curiosidad, podemos encontrar otras cercanías. No sabemos si por las fechas de publicación de este poemario (la primera edición data de mil novecientos cincuenta y dos), Pacheco ya hubiera leído a Rilke, y que, por lo tanto, estuviera influenciado por tal poso conceptual, pero lo que está claro es que en algunos de los poemas de El arcángel sonámbulo aparecen también ciertas palabras recurrentes empleadas por el autor de las Elegías como son surtidor o resonancia, símbolos poéticos muy importantes en el imaginario de Rilke. Acaso sea una casualidad lingüística, pero sin duda, no deja de ser curioso.

Pero volvamos a la esencia del Hombre, ahora desde la mirada pachequiana.

El ser humano de Pacheco es de carne y hueso, un individuo que sufre por las guerras, el hambre, la pobreza y las atrocidades del mal uso tecnológico que ha sido causante de daños inefables para la humanidad como es el caso de la bomba atómica.

Pacheco cree que el poeta tiene la obligación moral de ser un cronista de su tiempo: su pluma debe ser implacable en la denuncia de todas las barbaridades del mundo, aunque también debe cantarle a la belleza de las cosas cotidianas que nos regala la vida. Por otro lado, está la vida de los sueños, la vía para escapar a las atrocidades que nos rodean: el arcángel que lleva por sus venas será el que le marque la pauta de su mensaje apuntado en una u otra dirección.

En esa configuración mucho tiene que ver la naturaleza que rodea al Hombre que lo acoge en su seno: Pacheco escribe sobre ella, la ve resuelta en diferentes formas, pero sin duda, la más emblemática de todas es la del río, y en concreto, al Guadiana, aquel que “tiene nombre de mujer” como se refiere el poeta y al que tanto y sobre el que tanto escribió. Al lado del río escribe numerosos poemas: recuerda con nostalgia sus momentos de infancia vividos en sus orillas, contemplando la belleza de todo un entorno, de sus islas, de su paisaje… Si Machado escribe sobre el Duero a su paso por Soria, y se convierte por lo tanto en su embajador, Pacheco hace lo propio con el Guadiana cuando llega a Badajoz en su viaje hacia el atlántico; Pacheco venera su figura, lo inmortaliza otorgándole un cuerpo y un alma propia que desea, al que incluso pide santificar en su Oración al río Guadiana. Al respecto, apunta Viudas Camarasa una confesión de nuestro poeta: “Para mí Badajoz es el Guadiana. El río Guadiana ha sido, es y será siempre mi amante…”

Rilke también tuvo una fijación especial con los cauces fluviales si bien no como arteria por donde hacer fluir su propia lírica poética, sino como una parte más del contexto global del paisaje de las dos ciudades españolas que tanto le marcaran, urbes “del cielo y de la tierra” como él se refería tanto a Toledo como a Ronda, sendas plazas descubiertas tras su emblemático viaje a España entre noviembre de mil novecientos doce y febrero de mil novecientos trece.

En los dos lugares encontró Rilke una misma belleza que tanta importancia tendrían para la definición de su cosmogonía posterior en la que el Hombre (otra vez, siempre tan presente) queda flotante como si fuera una estrella en la inmensidad del cielo de la noche: las extensas serranías con horizontes infinitos que llegaban a morir a un mismo lugar de roca tallada por el movimiento sinuoso de un cauce profundo. Algunas de las imágenes vistas por sus ojos en dichos entornos se convirtieron en resonancias posteriores que influyeron notablemente en su propio quehacer poético-filosófico que fue construyendo con paciencia, rumia y esmero durante buena parte de su vida.

 

  1. Poetas de arpa propia

Un aspecto especialmente relevante que podemos atribuir tanto a Rilke como a Pacheco es su notable singularidad poética. Nos encontramos ante la figura de dos rupturistas, a veces incluso antipoetas (usando así un término pachequiano que bien se pudiera aplicar al autor de las Elegías): los dos escriben para sí mismos y para el mundo, aunque su poesía pudiera encontrarse en el límite de lo posible, uno por unos motivos y el otro, por otros bien distintos. En el fondo, es la originalidad los que les hace especiales, aunque cada uno toca su lírica con diferentes arpas, un arpa que sostiene en la palabra la base de toda poesía.

Rilke, que escribe en varios idiomas, aunque su obra en alemán es la más universal, es un exponente muy representativo de lo que Pacheco definió como arpa limpia, es decir, la poesía de guante blanco, la que escribe sobre la belleza, sobre la música, la del diccionario que literalmente Rilke siempre llevó consigo. Curiosamente a esta manera de escribir el de Olivenza atribuye diferentes símbolos, uno muy rilkeano, por cierto, el del surtidor.

No obstante, y a pesar de ser en ese sentido más ortodoxa, la poesía de Rilke es una poesía alejada de los cánones lingüísticos (algo que le causó mucha desconfianza a lo largo de su vida como apunta Antonio Pau) en donde cada palabra está pensada con un motivo muy concreto, siempre certero, referida a una idea madurada a lo largo del tiempo en el interior del poeta. Basta con leer los trabajos de Ferreiro Alemparte, el probablemente más importante traductor en lengua española de Rilke, para confirmar que esto es así.

Pacheco también cultivo el arpa limpia, pero tras su acercamiento al surrealismo se convertirá definitivamente en un poeta de arpa rota que escribe desde la tierra para la tierra, sobre la tristeza, el dolor, y donde el asco (¡qué termino tan existencialista!) adquiere el centro sustancial de sus composiciones. Aunque el concepto de arpa rota queda bien definido en su poema titulado de esa forma en el poemario Todavía está todo todavía, este periplo dará comienzo a partir de En la tierra del Cáncer tal y como apunta Viudas Camarasa.

Precisamente es el surrealismo el que nutre a Pacheco de la carga simbólica que rodea a su obra, algo que también comparte con Rilke, un simbolismo en el que la palabra lo dice todo, lo explícito y lo implícito. El nardo, los colores como el amarillo o el azul están llenos de significados en la obra de Pacheco, como el aire, la ventana o la noche cobran un sentido místico en Rilke.

Para Pacheco, la palabra es la que da sentido a la obra poética y por ello el poeta lo que tiene que hacer es desnudarla eliminando cualquier prejuicio de sonoridad y esteticismo, porque cualquier palabra dice algo y hay que escucharla. Además de ello, no se le pueden poner límites y es por esto por lo que el diccionario no sirve; al contrario, actúa realmente como una barrera frente a la magia del verbo.

Pacheco rompe las leyes de la lengua en este sentido; inventa palabras sustantivando adjetivos y adjetivando sustantivos; las emplea en contextos muy singulares que fluyen en su poesía como huella de su influencia surrealista: es, sin duda, un innovador en toda regla.

Rilke y Pacheco saben mirar más allá de la representación formal para buscar la esencia de la obra poética, aquella que surge del interior del alma. Precisamente es en una mirada introspectiva donde se puede encontrar el estímulo que vertebre todo el sentir poético.

Ya apuntábamos esto mismo en boca de Pacheco en las primeras líneas de este texto, una idea compartida con Rilke que da a la experiencia propia la base sustancial de la inspiración: hay que mirarse por dentro, sentirse y luego canalizar toda esa vida propia hacia los versos. En Cartas a un joven Poeta, la maravillosa colección epistolar que Rilke mantuvo con el joven y desconocido poeta alemán Franz Xaver Kappus, explica de una manera bellísima todas estas cuestiones.

No obstante, una mirada hacia fuera también es necesaria y es en el arte donde se puede encontrar la belleza de las cosas.

Sabemos que, desde muy pequeño, cuando aún vivía en el hospicio, Pacheco ya estaba interesado por el teatro. También es notoria su interés por el cine, los toros (un arte que siempre sedujo al poeta Rilke, por cierto, y a la que le dedicó algún poema), la música y la pintura, donde hay que hacer una mención especial a aquellas composiciones nacidas de las interpretaciones de artistas como Vaquero Poblador sobre la que escribe un poemario completo.

Rilke, en su edad temprana, también tuvo en el arte su fuente fundamental de inspiración. Es la llamada época del poema cosa, en la que trabaja unas bellísimas composiciones plásticas a partir de la interpretación de las obras del escultor Rodin (del que fue su secretario personal) o del pintor español Zuloaga, amigo personal del poeta. De hecho, gracias a esa amistad, Rilke conocería en profundidad la obra de una referencia pictórica que también tuvo Pacheco al que incluso le dedica una Oda, el pintor cretense El Greco, admiración que le trajo a España en ese viaje inolvidable del que ya hemos hablado.

Precisamente en tal composición de Pacheco que forma parte del Libro de las Odas se ahonda en un detalle importantísimo de la obra pictórica de El Greco y que para Rilke fue crucial en su composición simbólica del sistema filosófico-poético tal y como ya hemos visto; la figura del ángel.

 

  1. Confesiones de un iniciado en el universo pachequiano

Cuando le propuse a Antonio Viudas Camarasa participar en el 7/8N homenaje a Pacheco tenía muy claro que ésta era una oportunidad de oro para empezar a indagar en la obra del genial poeta oliventino siguiendo el proceder que realmente a mí me gusta: llegar hasta la misma médula de los autores, desgranando su vida, su sentimiento y alcanzar así la pura esencia del escritor, un paso inevitable que permite adentrarse en la obra que se quiere descubrir.

Como tantas veces he hecho, el viaje a la profundidad del universo de las letras que me seducen, lo empiezo siempre con un eslabón conocido que me vincula al “nuevo descubrimiento”: es lo bonito de la literatura, el abrir una puerta a partir de otra ya abierta. En este caso, estaba todo muy claro tras conocer por boca del profesor  Antonio Viudas Camarasa la influencia que sobre Pacheco pudiera tener el poeta de esta época de mi vida; Rainer María Rilke. Ese debía de ser mi punto de inicio.

Han pasado escasamente unos cinco meses desde que me comprometiera a acercarme al universo Pacheco desde la perspectiva de Rilke y no puedo estar más satisfecho de todo este camino recorrido, a pesar de que los quehaceres prosaicos de la vida a veces azotan tanto que restringen los espacios poéticos que tanto bien nos hacen. Es una satisfacción personal la que me llevo ya que para mí todo ha sido una especie de ritual de iniciación de cara a incluir en mi propio andamiaje poético parte del alma de uno de los mayores poetas que ha dado esta región y por ende, este país. Mi humilde aportación no sé si estará a la altura de lo que se celebra dentro de una semana en Barcarrota, aunque en mi interior ha quedado la llama encendida que quiere abrazar a Pacheco y encumbrarlo en el olimpo de las mejores referencias posibles.

Quiero agradecer a Antonio Viudas Camarasa esta oportunidad que me ha brindado.

 

San Vicente de Alcántara, 30 de octubre de 2020.

 

 

  1. Fuentes Bibliográficas consultadas

 

  1. Introducción a la poesía de Manuel Pacheco. Antonio Viudas Camarasa en Manuel Pacheco Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. Ausencia de mis manos. Manuel Pacheco. Libro del sueño. Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. El arcángel sonámbulo. Manuel Pacheco. Libro del sueño. Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. Los caballos del Alba. Manuel Pacheco. Libro del sueño. Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. Poemas para leer la pintura de Vaquero Poblador. Manuel Pacheco. Libro del sueño. Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. Libro de las odas. Manuel Pacheco. Libros del pensar. Poesía completa. Editorial Regional Extremeña. 1999.
  1. Elegías de Duino/ Los sonetos a Orfeo. Rainer María Rilke. (Edición y traducción de Eustaquio Barjau) Editorial Cátedra. 1987
  1. Antología Poética. Rainer María Rilke. (Edición y traducción de Jaime Ferreiro Alemparte) Colección Austral. Espasa Libros. 1999.
  1. Poemas a la noche. Rainer María Rilke (Edición y traducción de Clara y Alfonsina Janés). Ediciones del oriente y del mediterráneo. 2009.
  1. Cartas a un joven poeta. Rainer María Rilke. (Edición y traducción de José María Valverde) Alianza Editorial. 2012.
  1. España en Rilke. Jaime Ferreiro Alemparte. Editorial Taurus.1966.
  1. Rilke en Toledo. Antonio Pau Pedrón. Editorial Trotta. 1997.

 

Primera versión online, borrador del texto definitivo, que se publicará también en papel con el  título provisional del libro:

EL UNIVERSO MANUEL PACHECO EN BARCARROTA

2020

Más información AQUÍ

Manuel Pacheco en Barcarrota 7/8 N 2020

(Homenaje a Extremadura 2a. edición)

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