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2017 04 17 Antonio Viudas Camarasa

Papers, texto en construcción

Perdonen la molestias

 

 

Alonso Zamora Vicente: Mi Maestro y yo

Por Antonio Viudas Camarasa

Real Academia de Extremadura

RESUMEN

En este ensayo abordaré la personalidad de Alonso Zamora Vicente en la faceta que más me ha influido en mi formación, es decir, en el humanismo. Se ha dicho una y mil veces que la dedicación a la ciencia de Zamora Vicente es poliédrica: investigador, profesor, académico, crítico y creador. En este acercamiento desarrollo una síntesis del maestro en humanidades que fue para mí Alonso Zamora Vicente.

 

SUMMARY

In this essay I will approach the personality of Alonso Zamora Vicente in the facet that has influenced me most in my training, that is, in humanism. It has been said a thousand times that the dedication to the science of Zamora Vicente is polyhedral: researcher, teacher, academic, critic and creator. In this approach I developed a synthesis of the master in humanities that was for me Alonso Zamora Vicente.

 

 

 

Quienes hemos tenido la suerte de trabajar bajo la dirección de Alonso Zamora Vicente no vacilamos en llamarle maestro con la connotación no de alumno, sino de discípulo. Una relación bipolar y reversible maestro-discípulo, discípulo-maestro. Encontré en él al orientador que dejaba al aprendiz que desarrollara sus aptitudes. Orientaba, no obligaba a ejecutar un determinado trabajo para sus propios fines, teniendo en cuenta las aptitudes del alumno. Descubrió el interés por mi lengua materna, el ribagorzano, del que siempre me he sentido orgulloso de ejercer de hablante, y en la primera ocasión que tuve de que me firmara una solicitud para la recién creada Beca de Colaboración que iniciaba en los estudiantes los primeros pasos hacia la investigación escribió en el impreso: «Lengua aragonesa».

 

Alonso Zamora era un profesor que enseñaba de modo diferente al de otros profesores de cuya enseñanza guardo gratitud. El acercamiento al saber en sus palabras y en sus gestos era distinto. La mezcla de experiencia vivida con sabiduría natural y adquirida con esfuerzo y lecturas era lo que más me llamó la atención. No era un sabio de gabinete, sino que conocía la realidad de la vida en contacto con la calle. El aspecto que más me cautivó de su docencia fue el aprecio por la cultura popular. Enseguida diferenciaba a sus alumnos por su procedencia sociológica. Le noté cierta complacencia con los que veníamos de ambientes rurales y agrícolas. Percibí, aunque tal vez me equivoco, que no le caían muy bien los sabijondos y enteradillos.

Fui niño crecido en contacto con la naturaleza, alejado de las escasas clases a las que asistí, debido a mi absentismo escolar, en la escuela rural de San Esteban de Litera, mi pueblo natal. En los años cincuenta no se  contaba con transporte escolar y tan pronto aprendíamos a ir en bicicleta ese era nuestro medio de locomoción para los que residíamos en las torres de la comarca oscense de La Litera. Me alisté como partícipe activo de la enseñanza oral recibida, contada de boca en boca en descanso de segadores, remolacheros, vendimiadores y esparteros de espuendas. De pequeño heredé un legado de cultura agrícola impagable: el ciclo anual de las estaciones. Arar, sembrar y trillar. El cuidado de los animales de labor y el mimo de los de consumo doméstico. Gallos de corral, gallinas, conejos y  cerditos. Observar los pájaros del campo y el devenir de hierbas y árboles. Recuerdo con cariño la cirecere (el cerezo), la perere de San Juan,  la mangranere (con sus sabrosas granadas), y el codoñé (el membrillo) y el anogué (nogal). Ahora sus frutos los veo unidos al postre de casa de campo aragonesa de tres estaciones: primavera, verano y otoño en combinación con melones y sandías de producción propia.

 

Vivía en una torre de clase media, que habían edificado mis abuelos: La Torre Viu, en la partida de Binafelda, término municipal de San Esteban de Litera. Adquirí la cultura del esfuerzo, propia de labradores, «Llauradós de sol a sol», en convivencia con el autoabastecimiento y la venta de excedentes de la hacienda familiar. En torno al fuego en invierno y a la sombra del nogal y la perchada en verano me familiaricé con historias familiares y populares: la estancia de los mayores en guerras pasadas (la de África de mi tío Joaquín y los recuerdos de mi padre en el Castillo de Figueras), vivencias de mis hermanos en destacamentos militares en Jaca y Graus, las cartas con sellos de colores de mi tía Joaquineta, de Casa del Teixidó, de  sus allegados emigrantes en Venezuela, las visitas de la Guardia Civil en busca de maquis con firma dactilar de mi padre. Federico Martín Bahamontes siempre en la boca de mi hermano mayor mientras arreglaba pinchazos en su BH de carreras desde 1954 y celebrábamos su triunfo del 59 en el Tour de Francia. Mi hermano el mediano coincidiendo en maniobras militares con Juan Carlos, el hijo de don Juan de Borbón en Candanchú en el período de su formación en la Academia Militar en Zaragoza (1955-1957). Los turnos de riego –una hora por hectárea en años de lluvia y media en años secos–, en recuerdo siempre presente de anécdotas relacionadas con Joaquín Costa Martínez, el león de Graus, considerado héroe por mi familia porque había conseguido que regáramos con el agua del embalse de Barasona, abastecedor del Canal de Aragón y Cataluña, que convirtió los secanos de la comarca de La Litera en fértiles tierras con sudores de olor a remolacha, alfalfa y algodón. Todo gracias al oro de la comarca: el agua de nieves en deshielo del Pirineo.

 

Cuando llegué a la Universidad de Madrid en 1969, en mi mochila de simpatizante de los Boy Scouts, llevaba cultura de niño y joven de pueblo agrícola. Rebeldemente asumí la frase de Toñet, mi vecino de torre, que me enseñó que la «tierra debía ser para el que la trabaja». Experimenté desde la infancia los sacrificios de estar siempre mirando al cielo buscando protección para frutos maduros no recolectados. A mis oídos habían llegado, al apearme en la estación de Atocha, anécdotas con referente cultural para un joven que ama a su tierra y a sus gentes. Por vía oral conocía a tres grandes escritores  y pensadores aragoneses: Joaquín Costa Martínez, Santiago Ramón y Cajal y Ramón J. Sender. Los dos primeros por ser patrimonio común provincial y comarcal. Sender gracias a las anécdotas relacionadas con Mosén Millán, contadas casi clandestinamente por familiares del autor republicano. Antes de conocer a Alonso Zamora conviví con otros estudiantes en un curso de verano interno  de prácticas de Aire Libre, obligatorio en la Escuela Normal de Magisterio Pablo Montesinos de Madrid, con sede en la calle Santísima Trinidad, 37, (Heredera de la Escuela Normal de Maestros, situada en la calle San Bernardo cuando estudió don Alonso), que se desarrolló en Soria y Covaleda. En  Soria recuerdo las lecturas a las que me introdujo un inquieto joven soriano de Almazán de las obras de Antonio Machado y Gerardo Diego sobre la ciudad. En visitas a San Saturio y al Monasterio de San Juan de Duero. En la curva de ballesta, en el embarcadero el amigo de Almazán me enseñó a remar. Visité las iglesias románicas de la ciudad y las discotecas de moda de la Alameda de Cervantes, precisamente Cervantes, «todo es cultura» habría dicho don Alonso. Dejé para otra ocasión la tumba de Leonor junto al olmo viejo.

 

En Covaleda en un campamento obligatorio para obtener el título de maestro me tocó por designación la oratoria preceptiva al izar la bandera del día. Me ofrecieron un libro de consulta con consignas oficialistas, pero burlé al instructor y me autorizó a hablar libremente de una frase que me gustó de una obra de teatro de Alejandro Casona que leí en la tienda de campaña: «Hay árboles que nunca pierden sus hojas».  Era el final de la dictadura sin censura previa. A los instructores les gustó mi alocución y la premiaron con una calificación de sobresaliente. Desconocía que en las Misiones pedagógicas en las que participó Alonso Zamora se representaban obras de este autor y que Los árboles mueren de pie (1949)  Casona la escribió en Argentina, mientras Alonso Zamora residía en Buenos Aires, y tampoco sabía  que a Zamora le gustaba más el cine que el teatro: «En la época en que yo me formaba, el teatro que podíamos ver los españoles era Benavente, teatro benaventiano, luego por fin llegó la explosión del teatro de García Lorca; el teatro de Unamuno, o teatro de Valle-Inclán no se representaba, se estrenaban y fracasaban, la burguesía lo devoraba, pero en cambio pude ver todo René Clair y Charlot entero tantas cosas más.  La diferencia habla por sí sola.  Entre tener que ver el teatro de Casona en mil novecientos treinta y cinco y poder ver El sombrero de paja de Italia  o Tiempos modernos hay una gran diferencia, ¿verdad?», apud Harold Tenorio Alvarado, Entrevista a Alonso Zamora Vicente, apud Las entrevistas de arquitrave.com. Era agosto de 1971 en Covaleda, Soria. Desarrollé en mi alocución mañanera la idea sobre el esfuerzo de la persona que tiene que durar toda la vida en solidaridad con los demás e hice una mención positiva a la unión de todas las naciones europeas. Ya en Soria en el Colegio Menor General Yagüe, donde nos alojaron, participé en el teatro leído, que tan de moda estaba en aquellos tiempos, de La barca sin pescador (1945), interpretando en mi voz entonces con marcado acento ribagorzano las intervenciones de Peter, el protagonista. Traigo esta vivencia porque encuentro coincidencias en mi acercamiento a la biografía de Alonso Zamora.

 

Gracias a la gentileza de Vicente Fernández Burgueño transcribo el extracto del acta de nacimiento de Alonso Zamora Vicente, inserta en el expediente de alumno del Instituto San Isidro, concretamente en el expediente del título de bachiller expedido el día 28 de noviembre de 1939. Consta que nació el día 1 de febrero de 1916  y  se especifica que: «Es hijo de D. Alonso Zamora Bueno, natural de Albacete y de Dª Asunción Vicente García, natural de Horcajo de los Montes, nieto por línea paterna de D. Miguel y Dª. Rosa, naturales de Tarazona. Albacete y por la materna de D. Abdón y Doña María, naturales de Horcajo de los Montes. Albacete» [error de inscripción del copista «Albacete» por Ciudad Real]. El extracto del acta procede del libro 138, folio 16, núm. 208, del juzgado municipal número 9 de Madrid. En dicho expediente se refleja que: «Verificó el examen de ingreso con la calificación de aprobado el día 10 de junio de 1926» y «tiene aprobados los estudios del Bachillerato que a continuación se expresan» en el Instituto San Isidro, que transcribo a continuación señalando en cursiva la denominación de las asignaturas:

Primer año: 1926-27. Nociones generales de Geografía e Historia Universal, sobresaliente; Elementos de Aritmética, sobresaliente; Terminología científica, industrial y artística, sobresaliente; Francés (primer curso), sobresaliente; Religión, primer curso, escolaridad.

Segundo año: 1927-28. Nociones de Geografía e Historia de América, sobresaliente; Elementos de Geometría, sobresaliente; Nociones de Física y Química, sobresaliente; Historia de la Literatura española, sobresaliente: Francés (segundo curso), sobresaliente; Religión segundo curso, escolaridad.

Tercer curso: 1928-29. Geografía e Historia de España, sobresaliente; Historia natural, sobresaliente; Fisiología e Higiene, sobresaliente; Deberes éticos y cívicos y Rudimentos de derecho, sobresaliente; Francés (tercer curso), sobresaliente.

Año común a las dos Secciones de Letras y Ciencias. 1934-35. Lengua latina (Exámenes extraordinarios), notable. 1929-30. Nociones de álgebra y Trigonometría, sobresaliente. 1934-1935. Preceptiva y composición, sobresaliente. Historia Universal, notable.1929-1930. Agricultura, sobresaliente.

Quinto curso. 1934-35. Lengua latina (segundo curso), notable. Dibujo 1º, notable. Psicología y Lógica, aprobado. Elementos de Historia de la Literatura, sobresaliente.1938-39. Física, aprobado (extraordinarios). Dibujo 2º Curso, notable.

Sexto curso. 1934-35. Ética y Rudimentos de Derecho, notable. Historia natural, aprobado. Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial, sobresaliente. 1938-39. Química General, aprobado (Extraordinarios).

 

Vicente Fernández Burgueño ha explicado el baile de fechas de las notas de las asignaturas del bachillerato debido a que entre 1930 y 1932 cursó los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Maestros, que curiosamente en 1932 se integró como Sección de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, tras aprobar el Bachillerato Elemental, y tuvo que examinarse de las asignaturas, Física y Dibujo 2º Curso,  de quinto curso de bachillerato en 1938-1939 para obtener el título de Licenciado al terminar la carrera de Filosofía y Letras.

Entre 1932-1939 Alonso Zamora Vicente cursó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Central entre Valdecilla y la Ciudad Universitaria. Allí entablará amistad con sus compañeros de estudios. Traigo aquí esta foto del reencuentro con la investigadora y escritora canaria  Rosa María Alonso en las aulas de 1933. El 23 de junio de 1933 en la Sección de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras se le expide el título de Maestro Normal por el Director de Primera Enseñanza.

Ilustración número 1. Alonso Zamora Vicente y Rosa María Alonso recordando en la Universidad de La Laguna sus años de estudiantes en la Universidad Central. Fuente de la foto: cervantesvirtual.com

 

Mi paso por los años de comunes fue beneficioso para mi formación y mis estancias en los colegios mayores San Juan Evangelista y Pío XII, en ambos como becario, me pusieron en la avanzadilla ideológica de la España del momento. Me decidí a ser filólogo sin rumbo determinado y poder ejercer en un instituto de secundaria. Pero mi meta cambió al asistir a las primeras clases de un profesor distinto que nos acercaba a la cultura de manera diferente a la «autosuficiencia de ciertos pontificados académicos» en frase de mi condiscípulo José Carlos Rovira. Un profesor diferente que tuvo la suerte de formarse en un ambiente de convivencia de diversas ideologías con un objetivo común, en mi opinión, el cultivo de la ciencia: «En mis años jóvenes, yo me he formado en unos medios, en torno a la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos, donde un chico que estudiaba.  Vamos, en Madrid se leía a Joyce antes que en la propia Inglaterra y en la facultad lo conocíamos.  Ahora creo que si un chico español conoce a Joyce es porque lo ha oído en algún sitio y él, por libre, por su propia voluntad, ha ido a buscar sus libros, etc.  Entonces se discutía en los medios universitarios.  No era un mundo opresivo…» (Harold Tenorio Alvarado, Entrevista a Alonso Zamora Vicente, apud Las entrevistas de arquitrave.com).

 

Ilustración número 2. Alonso Zamora Vicente, el 4 de enero de 1943, solicita al decano Eloy Bullón la dispensa de asistir a la investidura del grado de doctor, admitirle los 30 ejemplares impresos de la tesis doctoral y la expedición del grado de doctor. Está domiciliado en la Plaza de la Cebada, 10 y leo piso «Cuarto» en la abreviatura «Cutº». El 14 de enero el decano le concede la dispensa solicitada.

 

Ilustración número 3. Acta de Grado de doctor de Alonso Zamora Vicente. Memoria doctoral sobre Dialectología extremeña: el habla de Mérida y sus cercanías. Leída el 13 de marzo de 1942 con la calificación de Sobresaliente. Firmada por los Jueces del Tribunal: Presidente, Dr. Armando Cotarelo; Secretario del Tribunal: Dámaso Alonso; Vocales: A[lonso] Gónzález Palencia, J[aquín] Entrambasaguas y José M[anuel] Pabón. El 14 de enero de 1943 el decano eleva al rector la expedición del título de Doctor por la Facultad de Filosofía y Letras, Sección de Letras con Premio Extraordinario. El Oficial de Secretaría certifica que ha recibido el título de doctor el día 4 de Septiembre de 1943, firmado por el Ministro de Educación Nacional el día 20 de febrero de 1943, que a su vez pasa a propiedad del titular el día 7 de diciembre de 1943.

 

 

Tomo prestado de  Ángel del Río Hortega para este epígrafe el título El Maestro y yo. Ángel del Río Hortega llegó a  Madrid con ganas de trabajar con Santiago Ramón y Cajal, pero tuvo dificultades para integrarse en su equipo. Salió del «avispero acribillado de aguijonazos» y encontró  en el Laboratorio de la Residencia de Estudiantes un lugar tranquilo para investigar, tras haber reanudado la amistad con Cajal, fallecido su maestro Achúcarro.  En esos años de los desencuentros entre Cajal y el discípulo de Achúcarro, de la revuelta estudiantil en la Facultad de San Carlos del año 1922, Alonso Zamora Vicente en opinión de 1995 sitúa el cambio hacia la innovación en la sociedad española: «… La huelga revolucionaria de 1917, a pesar de la torpe resolución que Alfonso XIII le dio. Sin duda alguna, lleno de miedo ajeno y viejo de sus cortesanos consejeros, que no eran unos genios precisamente. Por ese tiempo es el mayor empuje de la Junta para Ampliación de Estudios, la reorganización de la Justicia, la lucha contra el caciquismo, la penetración de las ideas pedagógicas de la Institución en toda la Enseñanza» (Apud  Javier Barreiro Entrevista a Alonso Zamora Vicente El Bosque nº 10-11, Monográfico «España, primer tercio de siglo», enero-agosto 1995 , pp. 47-55). Precisamente en 1919 Cajal expone sus ideas sobre la universidad y le aconseja a Elías Tormo, ministro de Instrucción Pública  un cambio en el borrador de la legislación preparada con esta clara propuesta: «Construir  lo antes posible decorosos y adecuados edificios universitarios, así como bibliotecas y laboratorios de demostración e investigación. Vergonzoso e intolerable es que, en punto a construcciones docentes, Madrid tenga que envidiar  a capitales de provincia de segundo orden. Si deseamos evitar la sonrisa despectiva de los extranjeros y dar a nuestras aulas un continente digno de su contenido, juzgo apremiante la erección en Madrid de una decorosa Universidad, de una Facultad de Medicina, con amplio y saneado Hospital clínico, y, en fin,  de una Facultad de Ciencias» («La autonomía universitaria. Opiniones de catedráticos. Una carta de Santiago Ramón y Cajal», El Sol, 16 de junio de 1919, pág. 2)

 

En mi caso todo se ha desarrollado como la vida misma y no tuve ninguna traba ni por parte del maestro ni por la de ningún discípulo suyo que impidiera acercarme al maestro. Siempre he repetido que los discípulos de Zamora Vicente somos discípulos, pero no casta. Tengo mis razones, y la más evidente es que no nos conocemos personalmente todos los que hemos seguido sus enseñanzas a lo largo de su dilatado magisterio. Hemos estado siempre En el andén con Alonso Zamora Vicente (1996) y Con Alonso Zamora Vicente (2002). Se nos ha identificado sin esforzarnos por demostrarlo, pero no hemos formado una escuela cerrada, sino abierta a numerosas facetas de la investigación: dialectología, historia de la literatura, crítica literaria, gramática histórica, filología románica, literatura y cine.

 

 

 

 

Ilustración número 4. Alonso Zamora Vicente: Un día extremeño más. Conventual Santiaguista. Mérida (Extremadura). 10 de noviembre de 1996. Zamora Vicente lee su discurso de ingreso como Académico de Honor en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes

 

Ilustración número 5. Antonio  Viudas Camarasa En el andén con Alonso Zamora Vicente. Conventual Santiaguista. Mérida (Extremadura). 10 de noviembre de 1996. Viudas Camarasa contesta el discurso de ingreso como Académico de Honor en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes

 

Estar con Alonso Zamora Vicente nos ha hecho recorrer numerosos viajes en llegadas y despedidas en el mismo andén físico e intelectual. La vida universitaria española y  de otras naciones ha estado y está  llena de zancadillas. Zamora sufrió  sus propias zancadillas y sus discípulos universitarios hemos hecho frente a las propias. Tener un maestro es un privilegio que se paga con éxitos unas veces y en otras emprendiendo caminos nuevos. La rivalidad científica es una constante en la universidad y en los centros de saber desde tiempos antiguos. En las oposiciones y discrepancias tradicionales de escuela, en el ejercicio de la trinca, era habitual el menosprecio a la labor profesional y incluso llegar a la ofensa de la dignidad personal de los otros aspirantes. Zamora padeció  las suyas y algunos de sus discípulos las propias. La rivalidad de pontificados académicos es algo perenne en la sociedad española. La universidad por la que lucharon sus maestros (Elías Tormo, Amado Alonso, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Tomás Navarro Tomás, entre otros) y por la que luchó él mismo fue una utopía. Por eso como Cajal y tantos otros unos años antes de jubilarse estaba harto de la institución. Fue en febrero de 1983, año en que se doctoraron los últimos discípulos dirigidos por él, cuando renunció con una singular carta a la dirección del Departamento en el que tantas ilusiones puso cuando se reincorporó, no sin dificultades,  a la cátedra de la Universidad Complutense tras diez años de excedencia voluntaria. Curiosamente el año en que se aprueba la Ley de Reforma Universitaria del ministro Maravall. Siempre me he identificado con la admiración con la que hablaba de su Facultad de Letras de estudiante en que «España exportaba ciencia, la gente venía aquí a estudiar de todas partes», fruto que venía siendo programado desde la monarquía y que en sus palabras fue llevado adelante por un «ministro absolutamente monárquico y conservador, don Elías Tormo». Sin los hombres de la Institución Libre de Enseñanza (Gurmensindo de Azcárate, Francisco Giner de los Ríos, Cristóbal Castillejo) y los seguidores de la renovación de la ciencia como Santiago Ramón y Cajal y sus coetáneos no hubiera podido verse ese esplendor. «En el Centro de Estudios Históricos no se preguntaba a nadie qué pensaba o qué creía, sino para qué valía y para qué no valía…». Las citas apud Harold Tenorio Alvarado en la entrevista a Alonso Zamora Vicente. En numerosas ocasiones le oí frases parecidas de elogio hacia la Junta de Ampliación de Estudios y los intelectuales afines a la Institución Libre de Enseñanza, y las más lamentarse de cómo aquellas instituciones sin sus hombres fueron fagocitadas por el nuevo organismo llamado Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

 

En acto organizado por el Departamento de Filología Románica, Filología Eslava y Lingüística general, continuador  de la huella dejada en los estudios lingüísticos por Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso y Alonso Zamora Vicente, el 18 de abril de 2016 compartí la última mesa de debate de la jornada moderada  por Eugenia Popeanga con cuatro admiradores de las humanidades: Juan Miguel Ribera, Pilar Muñoa y Juan Manuel  González Martel. Me sentí muy cómodo en el paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, facultad tan querida por Alonso,  en el acercamiento que hicieron mis colegas a Alonso Zamora Vicente como maestro. De aquel 18 de abril de 2016 a hoy 10 de abril de 2017 mi visión sobre el maestro se ha visto muy enriquecida por los numerosos discípulos y amigos que desconocía que han hablado  y me han hablado de él. No quiero dejar de mencionar expresamente a Jesús Díez Marín, José Luis García Rúa(†),Berta Pallares, Juan Mayor, Juan Manuel González Martel, Luciano González Egido, Juan Martínez Villacañas. Juan Pablo Martínez Muñoz, Ángel Iglesias Ovejero, María José Postigo Aldeamil, José Antonio Cáceres Peña , Jorge Urrutia Gómez, Jesús Sánchez Lobato, Juan Miguel Ribera Llopis, María Victoria Navas Sánchez–Élez, Luis Alberto Hernando Cuadrado, Antonio Vélez Sánchez  Pablo Jauralde Pou, José Carlos Rovira Soler, Tudora Sandru Mehedinti, Mario Pedrazuela Fuentes, Carmen Mejía Ruiz, Elena Cianca Aguilar, Fernando Flores del Manzano,  Juan Rodríguez Pastor,  Ricardo Serna, Ioana Zlotescu, María Paz Battaner Arias, Ana María Cano González,  José Manuel Feito, entre otros. Agradezco a Martín Martínez Riqué de la Sociedad Científica de Mérida la documentación facilitada en relación al primer tercio del siglo XX.

 

Las ideas básicas que expuse, en el paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras oralmente, se reducían a que además de enseñarme a aprender filología me enseñó arte, dije que fue mi profesor de Arte y también insistí en que fue mi modelo de profesor con frases como «antes está la decencia que la docencia», «hay que dar la cara y trabajar», «Lo que queda es lo que uno hace, no lo que a uno le hacen». Aventuré un paseo por el itinerario madrileño de su vida real y literaria. De nuevo visité Madrid buscando sus itinerarios en varios días de  junio y el 21 de septiembre de 2016 en la Jornadas Nebrija del Homenaje a Alonso Zamora Vicente. 100 años de su nacimiento compartí el Panel 1 «Alonso Zamora Vicente: lengua y cultura popular», moderado por Carmen Mejía, con las intervenciones de Alonso Zamora Canellada (Recuerdos), Jesús Sánchez-Lobato (Maestro de la lengua española), Ana María Cano (Zamora Vicente dialectólogo), Antonio Viudas Camarasa (Alonso Zamora Vicente. Extremadura: cultura y habla de un pueblo) y Marta Baralo Ottonello (Enseñanza del Español lengua extranjera). Recuerdo que hablé de su estancia en Arganda del Rey con su tía Rosa y de su afición a la ciencia industrial del ferrocarril, faceta  en la que me ha ilustrado José Manuel Feito obviando por la premura del tiempo mis consideraciones sobre Alonso Zamora y la cultura y el habla del pueblo extremeño.

 

Ahora para desarrollar las facetas en las que se convirtió en mi maestro de humanidades desgranaré en breves rasgos los aspectos que le debo de mi formación. Al firmarme en la primavera de 1973 mi solicitud de beca colaboración para estudiar las hablas aragonesas empezó una especie de compromiso entre alumno y profesor que terminó en lo que ha sido toda mi vida una constante. Antes de terminar el curso mi afición como estudiante investigador buscó los medios de hacer interrogatorios lingüísticos durante las vacaciones veraniegas. Me orientó: «recoge palabras relacionadas con la agricultura en conversación dirigida». No me obligó a seguir ningún tipo de cuestionario especial. «Simplemente encuesta a tus paisanos palabras relacionadas con la agricultura y otros campos léxicos». Me ayudé del ideológico de Casares y de un excelente libro de aprendizaje de la lengua francesa que agrupaba las palabras por campos semánticos. En plena encuesta tuve mis dudas y le escribí a la Real Academia de la Lengua y las resolvió en una atenta tarjeta postal manuscrita con membrete académico en la que me recomendaba que recogiera aspectos de la vida cotidiana: recetas de cocina, dichos, costumbres populares.

 

Al empezar el curso 1973-1974 le enseñé mis materiales y me dijo: «–Organiza por campos léxicos las palabras y les pones tu definición. –¿Don Alonso, es muy difícil definir una palabra? –Trabaja y adelante en poco tiempo tendrás la tesina y la tesis doctoral presentadas y pronto te podrás dedicar a lo que te guste». Me hizo visitar la biblioteca del Centro de Estudios Históricos, ahora llamada Instituto Miguel de Cervantes y allí con la orientación de su bibliotecaria, Sonsoles Arangüena, me topé con la joya de los libros que él había consultado de joven cuando en ese mismo centro trabajó con Ramón Menéndez Pidal y Tomás Navarro Tomás. Desconocía yo esas historias, pero me hizo participar en su historia filológica. Llegó mayo y ya tenía la tesina encuadernada, pendiente de aprobar las asignaturas de quinto para presentarla y seguir el doctorado en Málaga en un curso organizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Primeros de junio, todas las asignaturas aprobadas, excepto una que impartía un profesor al que tanto don Alonso orientó en los métodos de la geografía lingüística y el manejo del quimógrafo doméstico del matrimonio Zamora-Canellada en charlas de café en su residencia salmantina. Mi compañero de estudios y de colegio mayor en el San Juan Evangelista, Luis Alberto Hernando Cuadrado me dio la noticia: «Alvar te ha cateado». Conseguí una entrevista con el profesor  y tuve la suficiente capacidad de persuasión para hacerle ver que mi suspenso no era lo que  merecía mi esfuerzo en el aprendizaje de la geografía lingüística. Se resolvió favorablemente para mí el hecho, pero quedé marcado para toda la vida. Marcado en el buen sentido de la palabra, puesto que desde entonces leí todo lo que llegaba a mis manos sobre dialectología universal. Lo que para otros hubiera sido un obstáculo, para mí fue un estímulo. Don Alonso se alegró enormemente de la feliz resolución y del estímulo respuesta, verdaderamente era un gran maestro para mí. Una vez más se hizo realidad una constante de mi personalidad:  crecerme ante las dificultades. En 1988 tuve la ocasión de defender públicamente de un ataque personal en su ausencia en Lisboa al profesor en el homenaje al profesor Cintra y en 1990, en Cáceres, Manuel Alvar me hizo notar al escucharme que mi acento ribagorzano al hablar castellano se había convertido en sujeto al que se le escapaban las inconfundibles aspiraciones fonéticas extremeñas. En aquel 1974 no quería seguir la carrera universitaria en España, deseaba sacar unas oposiciones de Instituto y bañarme en una experiencia extranjera por mi cuenta. Antes de leer mi tesina Alonso Zamora Vicente me abrió los ojos: «no tengo capacidad de ofrecer beca a ningún licenciado, otros dominan el asunto». Leí la tesina con un tribunal formado por don Alonso, Rafael Lapesa y  Luis  Sáinz de Medrano. Todo fueron ánimos para seguir con el doctorado. Aquel verano del 74 en Málaga en el Curso Superior de Filología me di cuenta escuchando a grandes maestros que la ciencia filológica era algo que valía la pena con su miseria y esplendor en palabras de 1987,  pronunciadas en Cáceres por el romanista alemán Kurt Baldinger en la inauguración del Primer Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española en el que ejercí de Secretario del Comité Organizador. En el otoño de 1974 telefónicamente me dijo don Alonso que me proponía para el  Premio  Extraordinario de Licenciatura gracias a mi tesina que versó sobre el léxico agrícola de la comarca de La Litera. Había solicitado en ese verano plaza en varios institutos y colegios universitarios y tuve la suerte de que en el Colegio Universitario de Cáceres necesitaban para el futuro docente del centro un aprendiz de dialectólogo. Mi reconocido amigo Jorge Urrutia, a quien yo no conocía en aquellos momentos, solicitó informes a requerimiento de la dirección del centro a don Alonso y estos fueron favorables. En octubre de 1974 se inició mi dedicación investigadora y docente a la ciencia española, bajo la orientación siempre atenta y cercana de quien con orgullo ha sido siempre mi maestro, que en 1996 en el manuscrito La Facultad de Filología se considera a sí mismo miembro de una generación-puente en el exilio interior que levantó la universidad sabiendo que nadie se lo agradecería, y vería a generaciones posteriores beneficiarse de sus esfuerzos y pactar con la estructura vigente. Años más tarde se alegraba de que discípulos suyos fueran prestigiosos profesores de la juvenil universidad de la democracia instaurada, abierta a la sociedad en los múltiples actos en la que intervenía en «interrumpido trance creador, la realidad joven del pensamiento y del trabajo» y se afirmaba en su lema que tantas veces he escrito en correos abiertos: «Todo lo hacemos entre todos y todos nos debemos  a esta solidaria tarea de transmitir ciencia, conocimientos, vida» y alentaba al  joven filólogo  que: «… se podrá encarar con otra Universidad que nos viene encima, empujando, reclamando ser oída y aceptada. Ante esos gritos de combate, el filólogo puede sentirse, y con entera certidumbre, bien instalado en el camino elegido, en el que le aguarda un largo acervo de satisfacciones».

 

La dedicación del discípulo siempre tiene algo de las aficiones del maestro. A Mario Pedrazuela Fuentes, su último biógrafo, le manifestó que una de las asignaturas que más le agradaron de su bachillerato fue Terminología científica, industrial y artística y le recordaba al profesor Belmonte llevando a los alumnos del San Isidro a visitar el Museo del Prado para ver sobre todo cuadros de El Greco y Velázquez. A mí y a otros profesores nos llevó a conocer el patrimonio español en numerosos viajes. Patrimonio que estaba englobado en edificios, arquitectura, escultura y pintura. Veo en esa asignatura la esencia de la cultura humanística que admiró Alonso Zamora y que ha hecho que considere a mi maestro como mi maestro de humanidades.  He indicado más arriba que en el primer año de bachillerato (1926-27) obtiene un sobresaliente en Terminología científica, industrial y artística. En ese mismo año Cajal en el segundo de sus testamentos escribe acerca de  su biblioteca particular y la divide en libros científicos, filosóficos y literarios. El 5 de febrero de 1927, antes de examinarse Alonso Zamora, el periódico El Sol, de ideología liberal, que tuvo como colaborador a José Ortega y Gasset y como director a Manuel Aznar,  en los editoriales del día, se ocupa de los cuestionarios de segunda enseñanza y especialmente  del redactado por la Comisión de  Terminología científica, industrial y artística: «“La Terminología”  es una verdadera enciclopedia de los conocimientos humanos que abarca el trivio y el cuadrivio. Los niños de diez años recorrerán en un curso todas las ciencias y artes, desde la Matemática a la Música, sin olvidar la Embriología, la Patología y la Terapéutica. Mejor dicho, recorrerán la parte más externa de las ciencias, las palabras, antes de poseer las nociones indispensables para entenderlas con alguna claridad y conciencia». Zamora Vicente debió de recorrer muy bien el contenido de las palabras, ya que nos ha enseñado a sus discípulos la rica variedad de que se compone el pensamiento científico porque en sus comentarios en clase y fuera de ella nos hablaba de la existencia de científicos como el que fue rector de la Complutense en 1931,  Blas Cabrera y Felipe, autor del libro Principios de relatividad, y anfitrión de Albert Einstein en su visita a España en 1923 y que en 1931 con Miguel Catalán y Julio Palacios creó el Instituto Nacional de Física y Química con la ayuda de la Fundación Rockefeller. En palabras de Alonso Zamora que le oí: «estuvieron muy cerca de descubrir la desintegración del átomo» en 1936. Todo se truncó debido a la guerra civil y de ello siempre se lamentó don Alonso con razón.

 

La faceta de maestro de humanidades la compruebo en su biografía en la que encuentro sus múltiples viajes relacionados con la historia de las ciudades que visitó y donde vivió. En Mérida nominalmente recibió el nombramiento de comisario de excavaciones arqueológicas de la ciudad, cargo del que desconozco su cese. Conocía como profesor de arte que fue en la Universidad de Santiago de Compostela la historia de los creadores. Me enseñó a mirar los Grecos de Illescas y Toledo. Consideró a Elías Tormo como uno de sus mejores maestros en el conocimiento de la geografía y patrimonio español. Se relacionó con escultores como Victorio Macho, con pintores como Valdesaz, Daniel Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, Godofredo Ortega Muñoz y Cirilo Martínez Novillo, entre otros. Nos habló de Mariano Benlliure.  Me regaló una litografía de Ricardo Baroja El rezo del rosario, que fue expuesta en 1898 Imágenes de un fin de siglo: Exposición celebrada en el año 1998 con motivo del centenario. Al mismo tiempo que admiraba las artes mayores fue un gran aficionado a la artesanía popular como la cestería y la alfarería. Afición a las artes menores que nos contagió a algunos de sus discípulos, por no decir a todos. La ciencia filológica la he dejado para el análisis de la historia de sus obras. Filología basada preferentemente en los textos y la descripción del habla viva en sus innovadores estudios de filología románica. La faceta de la terminología industrial la llevó a cabo en la confección de los diccionarios de la lengua española que dirigió y escribió y en sus estudios sobre la cerámica y otras artes menores. La literaria en los libros de creación a los que dedicó su investigación, sin olvidar la obra de su amigo Camilo José Cela, Premio Nobel, a quien conoció en los cursos de Pedro Salinas en la Complutense, recordando que cursó su «segunda enseñanza en torno al Instituto Nacional San Isidro que era el gran centro oficial» y que estudió «en una escuela, en un colegio hispano-francés que había allí, que era un colegio ya inspirado en la Institución Libre de Enseñanza, donde estudió Pedro Salinas muchos años antes que yo» [Apud Harold Tenorio Alvarado, Entrevista Alonso Zamora Vicente]. Dirigió la tesis sobre Gabriel García Márquez a su discípulo Mario Vargas Llosa y la de Harold Tenorio Alvarado sobre Borges, entre otras. Los escritores principales de la literatura española fueron objeto de su estudio, sin olvidar la vanguardia hispanoamericana de las letras del siglo XX.

 

Alonso Zamora,  maestro humanista,  me enseñó que la filología no podía estar alejada de los creadores y usuarios de la lengua. La lengua hablada y la lengua escrita van siempre de la mano y la gramática no es de los gramáticos sino de los hablantes, por eso él nunca fue normativista y fue notario de la lengua de la calle, del pueblo que la utiliza, su usuario. Termino este ensayo, que me sugiere asuntos pendientes para tratar en otra ocasión en la redacción de mis recuerdos vividos, con estas palabras de mi maestro de humanidades: «La riqueza léxica que yo puedo emplear obedece a que yo he aprendido el español en la calle y la calle es la maestra de cualquier español. Es la calle nuestra gran maestra…».

 

Malpartida de Cáceres, 10 de abril de 2017

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