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2017 02 16. Antonio Viudas Camarasa

 

 

Prosema. El silencio del éxito en y por Alonso Zamora Vicente

Por Antonio Viudas Camarasa

He estado unos días reposando del gran esfuerzo que ha supuesto el culminar con broche de oro la tercera etapa del itinerario artístico Alonso Zamora Vicente.

El haber podido comunicar al ministro de Educación de España mi pensamiento y mis acciones para que la enseñanza universitaria en España dé un vuelco hacia mejor me ha dado una paz impagable. «Yo ya se lo he dicho, el que lo haga depende él y de otros». En conversación amable me comunicó que se reunía con el Consejo de Rectores. Ellos sabrán lo que hacen. Referente a mi universidad, por las calles de Cáceres,  un profesor de un centro universitario de Badajoz me soltó su descontento con la situación actual de la docencia y la discencia. ¿Cómo es posible que dediquemos 60 días al año a hacer exámenes? Es posible porque todo el plan Bolonia como se aplica en algunas universidades del país es un dislate.

Se confunde una presentación visual con la panacea de la innovación metodológica. Se tiene una cultura paternalista hacia al alumno y una cultura de rivalidad de excelencias entre el profesorado. Los excelentes, generalmente son los más simpáticos y los que tienen tiempo para dedicarse a la burocracia que implantó el rector típico rector papelín español, hijo del informe Mirall, que ha habido en todas las universidades. Los alumnos económicamente necesitados requieren  calificaciones aprobadas para seguir con la beca y para ello qué mejor manera: no alejarse de lo que exige el profesor y contestar y hacer los ejercicios al gusto del docente.

El docente tiene que aprobar para aumentar la ratio de éxito. Los diálogos en clase, cuando se dan, producen un resultado desastroso para el conocimiento cultural de la ciencia. Anécdotas a porrillo. No saber quién es Ortega y Gasset un alumno procedente de la misma universidad donde estuvo de profesor en Europa y mil más.

El silencio del éxito me ha hecho reflexionar sobre la universidad del 36 de Alonso Zamora Vicente, que Ignacio Bosque reivindicó en la ponencia que le oí en septiembre en la Real Academia de la Lengua Española con motivo del homenaje que esta institución le rindió.

Nada que ver aquella universidad del 36 con la Universidad del 2016. Y la Universidad del 2017 no tiene ni ofrece mejores perspectivas.

En este silencio del éxito hoy voy a cobrar el décimo de la lotería que me tocó el 22 de diciembre de 2016, dándose la paradoja de que no jugué ni un céntimo, pero el cheque es de mil euros. Paradojas de la vida, sin jugar me tocó la lotería de diciembre. A los tres meses caduca el cobro.

Con este juego me ha sucedido como con el trabajo y la ilusión dedicada al itinerario, sin jugar a Alonso Zamora Vicente, gracias a todos los que me han ayudado el homenaje a nuestro maestro ha sido muy singular y único. Los flecos del mismo rezuman admiración hacia todos los que habéis hecho posible su éxito. Los más osados califican el itinerario como fruto de una cultura militante. Llevan razón porque Alonso Zamora Vicente no nos ofreció a sus discípulos prebendas sino orientación para llevar a cabo investigaciones en los campos más distantes de la ciencia filológica.

Ingenuamente empecé el 18 de abril de 2016 recordando esa frase que leí en un entrevista «Antes está la decencia que la docencia», frase que con el contacto con mis alumnos hemos transformado en esta nueva «Antes está la decencia que la docencia y la discencia». Hemos añadido discencia, porque en la universidad española se necesitan de nuevo profesores y estudiantes, discentes, que además de aprender y enseñar, sean decentes.

También en esto hay un gran abismo entre la universidad del 36 y la Universidad del 2016. Profesores que defendiendo los «derechos» (sin obligaciones)  de sus alumnos llegan a ser excelentes por sus alumnos y alumnos que coreando  y jaleando a alguno de sus profesores llegan a disfrutar de premios excelentes. Excelente es la palabra que en la sociedad universitaria actual sustituye a los grados del adjetivo bueno, mejor, óptimo. Resuenan en mis oídos aquellos ejercicios del «Bonus, melior, optimus». Los buenos son los del montón, las buenas personas; los mejores, los que destacan y los óptimos, al parecer ocupan una casilla vacía. Ahora entiendo por qué razón don Alonso abandonó la Universidad en los últimos años de su vida docente y se refugió en la Academia. Con este recuerdo del legado Alonso Zamora Vicente termino el silencio del exito escribiendo de nuevo «Antes está la decencia que la docencia». No lo olvidaré nunca. Antonio.

(Continuará)

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