en Otras Colaboraciones

2016 11 09 9:20h Antonio Viudas Camarasa

La etapa de Salamanca está muy esclarecida en la visión que nos ofrece Luciano González Egido en este texto. Conseguí ponerme en contacto con don Luciano gracias a la gentileza de Berta Pallares. Observo que los discípulos y amigos de Alonso Zamora Vicente formaron una piña intelectual, algo que se no hemos podido disfrutar los que tuvimos a Alonso Zamora Vicente en los años setenta en Madrid. Parece que la generación del 5o tenía mas cosas que les unían que la generación del 70, que ha llevado al atomismo científico y el citeo en comandita de los últimos tiempos por los que atraviesa la Universidad Española. De estos aspectos trataré cuando me dedique a exponer MI UNIVERSIDAD ESPAÑOLA (1968-2019). Os dejo con la sabia pluma y ágil y acertado estilo de Luciano González Egido, que nos da una perspectiva clarificadora de lo que sucedía en torno a Milicias Universitarias desde una perspectiva muy amplia, alejada de las yod y las isoglosas, pero tremendamente más real como la vida misma.

Curriculum vitae de Luciano González Egido

Luciano González Egido nació en 1928 en Salamanca. Allí se doctora en Filosofía y Letras en la universidad de su ciudad natal con una tesis sobre El Criticón de Baltasar Gracián y dirigió la revista Cinema Universitario hasta que fue prohibida en 1963. Es entonces cuando se traslada a Madrid, donde trabaja como editorialista en Pueblo bajo el seudónimo de Copérnico. cineasta. Trabajó en el periodismo, el cine y la televisión y no es hasta 1993 cuando publica su primera novela, iniciando una carrera en la que le han sido concedidos ya varios premios.

Mi Amistad con el Prof. Alonso Zamora Vicente

luciano-gonzalez-egidoPor Luciano González Egido

Alonso Zamora Vicente no fue mi profesor. Cuando él llegó a Salamanca, yo había terminado mi carrera, trabajaba como Profesor Adjunto, en la Facultad de Letras,  y es-taba haciendo mi Tesis Doctoral sobre Gracián. Asistí a sus Cursos, a sus conferencias y seminarios, pero nunca me dio clase, ni tuvo, por así decirlo, nada que ver con mi formación intelectual ni con mi mundo de referencias culturales, que, para bien y para mal,  ya estaba hecho, concluso y solidificado, cuando lo conocí. Eran los oscuros años cincuenta, en medio de una institucional pobretería académica y un negro futuro profesional. Yo tenía veintitrés años y arrastraba una rebeldía adolescente, que chocaba  con el medio universitario de entonces, sometido a las sectas ideológicas del momento, que se repartían su influencia y sus estrategias de dominio político sobre la Universidad.  En esta situación asfixiante, la llegada de Zamora Vicente fue una luz encendida en las tinieblas, como un horizonte de aire nuevo, como una revelación de otra realidad posible.

En aquella atmósfera cerrada, en el peor de los sentidos, provinciana, pacata y obtusa (a la que el prof. Zamora calificó una vez de “torpe ruralismo”), la entrada en nuestra vida universitaria  de aquel profesor joven, pues tenía tan solo doce años más que yo, que a esa edad no son muchos, con un talante distinto, asequible y generoso, sin el habitual distanciamiento generacional y profesoral de los otros catedráticos, que venía de un Madrid lejano, ya con un prestigio incipiente, representó una novedad, por no decir, un acontecimiento, que de alguna manera condicionaría nuestro porvenir, el mío y el del grupo de estudiantes, que acabaríamos siendo sus amigos, sus contertulios, sus  acompañantes del café de las once –como madrileño él decía “cafelito”- en la cafetería Edelweiss, cerca de la Facultad, y sus compañeros de  paseos vespertinos en la Sala-manca monumental, tradicional y unamuniana de las antologías. Los más próximos a  él éramos: la hoy profesora jubilada Berta Pallares, el recientemente fallecido prof. José Escobar, el director de cine, también fallecido, José María Gutiérrez y yo, que conser-vamos nuestra condición de amigos de Zamora Vicente, durante toda nuestra vida.

No recuerdo cómo se inició nuestra amistad. La recuerdo ya en marcha. Pero parece inevitable que ocurriera en el estrecho marco de nuestra Facultad, reducido entonces al segundo piso del Palacio de Anaya, que compartíamos con la Facultad de Ciencias, que ocupaba el primer piso. Había solo dos especialidades, Filología Clásica y Filología Románica, pues Filología Semítica apenas contaba; el número de alumnos no llegaba a trescientos y en los descansos, entre clase y clase, todos nos veíamos en el claustro alto del Palacio. Aparte de esto, las relaciones de Zamora Vicente con el resto de los pro-fesores, razonadamente explicables, no eran muy cordiales, sin dejar de ser correctas. La verdad es que el prof. Zamora era de otro mundo, por múltiples razones, entre otras, su espíritu abierto, su amabilidad, su disponibilidad intelectual, sus gustos literarios y su moral de “antes de la guerra”. No puedo dejar de mencionar su enemistosa rivalidad, que llegaba al “odium intelectualis”, de que habla Borges,  con el prof. Lázaro Carreter, de caracteres muy distintos, personalidades opuestas, antagónicas, parecidos proyectos de vida académica y paralelos aprecios profesionales. El  contacto entre ellos no podía menos de hacer saltar chispas (Esta tensión me cogía en medio, pues yo era adjunto del prof. Lázaro, que era además mi director de Tesis). Quizás este conjunto de circunstancias llevara al prof. Zamora a cultivar sus relaciones con los alumnos y con los profesores más jóvenes, pues era un hombre muy sociable, que fomentaba sus relaciones humanas, con espontaneidad y cordialidad…

La historia de mi amistad con él es muy breve. Durante los cursos escolares  de los escasos siete años que convivimos en Salamanca, junto a Berta, Pepe y José María, nos vimos todos los días, en largas y apasionadas conversaciones sobre lo divino y lo huma-no. A mí me llamaba amistosamente “forajido”, según sus raíces etimológicas “salido afuera”, “más allá de la puerta”, por mi violencia dialéctica y mi hirsuta rebeldía social. Estaba empeñado en que me fuera a París, a pasar hambre y bohemia, para convertirme en un escritor; pero yo no estaba por la labor. Discutíamos con frecuencia. No obstante, nos llevábamos muy bien. Yo admiraba en él la erudición, la voluntariosa tenacidad y, sobre todo, su exquisita sensibilidad, que afloraba en sus palabras, en sus juicios y observaciones, en sus comentarios sobre literatura y en sus textos escritos. Pero, la verdad, yo no sé qué demonios apreciaba él en mí. Nuestras disidencias eran abundantes, aunque nunca llegara la sangre al río. Una prueba de nuestros desacuerdos eran las Dedicatorias de sus libros, que me regalaba con prontitud. Por aquel entonces publicó su libro de Memorias infantiles, “Primeras Hojas”, 1955, editado por “Ïnsula”, que me hizo llegar con estas palabras manuscritas, en proyección ascendente: “Para Luciano, este libro que no le gusta”, “Alonso, 31-mayo. 55”. Era una presunción equivocada, que no sé de dónde la sacaría, pues es un libro precioso, que he leído varias veces, que tengo seleccionado entre mis libros preferidos, en anaquel aparte,  y que siempre me parece muy atractivo, además de por las bellísimas ilustraciones de Alvaro Ortega.

 No coincidíamos en nuestras opiniones políticas y morales, lo que yo achacaba a nuestra diferencia de edad, a nuestros distintos grados de experiencia y a nuestras divergencias biográficas. A pesar de su liberalismo republicano, su pensamiento, desde mi punto de vista, era bastante conservador y chocaba con nuestra guerrillera intran-sigencia.  Sufría una cierta moralina, que le hacía criticar, por ejemplo, la poca ropa de las estrellas de cine, en algunas escenas, y no aguantaba nuestros juicios sumarísimos sobre Menéndez Pelayo. En varias ocasiones, le pedí artículos para la revista “Cinema Uni-versitaruo”, que hacíamos en Salamanca, con difusión nacional, y siempre, genero-samente, me los dio. Recuerdo uno muy bonito, que se titulaba, “Pues, entonces”, (Desahogo sobre “Novio a la vista”), publicado en el número  2, nov.-dic.-, 1955. Otro, también muy logrado, “Nueva expedición a la España verdadera. “Calabuig””, núm, 4, dic., 1956. En el núm. 5, hacía una inteligente reflexión en su “Monólogo en torno a “Calle Mayor”, de abril, 1957. En el núm. 7, julio, 1958, hacía una crítica, muy sugestiva, sobre “Los jueves, milagro”. Ni que decir tiene que en la pugna a nivel nacional, como ha ocurrido siempre en este país, dividido en dos bandos irre-conciliables, entre el cine de Bardem y el de Berlanga, el prof. Zamora estaba de parte de Berlanga.

Después, cuando tuve que abandonar la Universidad y me trasladé a Madrid, dejé de verlo asiduamente y acabé por no verlo. Le mandaba mis libros y siempre recibía sus cartas elogiosas e inteligentes. A su vez, él también me regalaba los suyos, con Dedi-catorias, siempre intencionadas. Ya en Salamanca me había dedicado su libro sobre “Las “Sonatas”, de Ramón del Valle Inclán”, Buenos Aires, 1951, en una curiosa edición de dos ejemplares, como me hacía saber, con la errata de “Rámon”, en la portadilla. El otro ejemplar era del argentino Daniel Devoto. “Para Luciano G. Egido, por sus huídas, con mucho cariño”. Salamanca 3 de abril, 1954. También me dedicó su espléndido estudio sobre “Presencia de los Clásicos”, Buenos Aires, 1951: “Para Lu-ciano, este libro ya suyo”, Salamanca, 6, abril, 1954. En la distancia, me envió sus narraciones breves, “Desorganización”, Madrid, 1975, sin dedicatoria, y  “Sin levantar cabeza”, Madrid, 1977, con estas palabras: “Para Luciano González Egido, reen-contrado, cariñosamente”, sin fecha, y “Vegas bajas”, Madrid, 1987, con unas palabras protocolarias, “Para Luciano G. Egido, con el cariño de siempre”. Hago este recuento, para reflejar la evolución de nuestras relaciones, que se fueron enfriando. No obstante, yo le conservé mi afecto y mi entrañable amistad. Estuve con él, cuando la Universidad de Alicante, le concedió el título de Doctor “honoris causa”, le visité en su último domicilio, en la carretera de Burgos, con la muerte pisándole los talones, y asistí a los funerales, que le organizó la Real Academia de la Lengua, en los la Iglesia de los Jerónimos.

De mis buenos tiempos, conservo tres anécdotas que puedan ayudar a conocerlo mejor, pues creo que lo retratan muy bien y que traigo a colación como Homenaje a un hombre  bueno, serio, trabajador, honesto, buen profesor, buen escritor y magnífica persona. La primera anécdota pone luz sobre su biografía. Era un día de primavera, de la intensa y breve primavera salmantina, salida del castigo siberiano del largo invierno y antes del castigo sahariano del largo verano. Uno de esos días, luminosos y abiertos, vivideros, que justifican la expresión que se me escapó un día, de que “en Salamanca, los ángeles andan por la calle”. Salíamos de la Facultad, a media tarde, camino de casa, charlando amistosamente el prof. Zamora Vicente, el prof. Láinez Alcalá, poeta rubeniano, can-doroso y estrafalario, y yo, por la calle de la Rúa, la arteria estudiantil que une la Universidad con la ciudad. No sé cómo salió el tema de la guerra civil, que ambos ha-bían vivido con su conciencia madura, de jóvenes republicanos, víctimas de la Historia. Pero lo que sí me quedó grabado fue la reacción del prof. Zamora Vicente, que estalló en una furia contenida, como nunca le había visto, ni le vería, rememorando sus días de la contienda y el dolor de la derrota. Casi se le saltaban las lágrimas, en medio de la frondosidad primaveral de un cielo azul inmenso y tranquilizador, como el mejor decorado para la alegría. Fue como un grito de nostalgia y desesperación, como un desahogo purificador. Nunca había visto al prof. Zamora tan fieramente humano, tan profundamente beligerante. Como él estaba enfermo no hizo la guerra en el frente de batalla, sino en las oficinas de la retaguardia, pero con el mismo ardor bélico, que si hubiera estado tirando tiros, con la misma fe en la causa que se estaba jugando en las trincheras. En un momento, rememoró que un día de verano hacía tanto calor que la tinta de los tinteros de la oficina se habían secado. Después contó algunas anécdotas políticas de compañeros idealistas y sacrificados, muertos en la guerra, que le dejaron una huella, como un remordimiento. Era para mí y para el prof. Láinez, que nos queda-mos callados y condolidos, un Zamora Vicente inédito y conmovedor, emocionalmente desnudo y frágil, Sus evocaciones siguieron en  el mismo tono elegíaco, como la dolo-rosa memoria de una juventud perdida, de una gloriosa ocasión histórica desapro-vechada y de un tiempo herido, como una cicatriz en el corazón.

Las otras dos anécdotas son menos trágicas. En una conferencia, en una de las aulas del Palacio de Anaya, tratando el debatido tema de las Generaciones y las comunes expe-riencias  históricas de sus miembros, en aquel entonces una cuestión, todavía vigente y discutible, y los límites de su aplicación al estudio de la Literatura, abordó la cuestión paralela y coincidente de las familias genéticas, dedicadas al cultivo del arte, con evidentes relaciones de afinidad y comunidad  biográfica, que, no obstante, no explican nada de las creaciones concretas individuales, y acabó poniendo un ejemplo explicativo, que provocó una espontánea reacción admirativa y divertida de los oyentes. Citó a la familia de músicos del genio barroco de Bach, cuyos descendientes también se dedi-caron al cultivo de la música y añadió que, “sin embargo, solo hay un Bach (pronun-ciado Baj) y muchos bajitos”. La otra es una prueba del talento didáctico del prof. Zamora Vicente, que hacía de sus clases una auténtica gozada, por su amenidad, su claridad expositiva y su agilidad verbal, aparte, claro está,  de la originalidad de sus ideas y la vastedad de sus conocimientos. Se trataba del problema, que él había tra-bajado mucho y bien, del esperpento, a propósito de Valle-Inclán. Después de haber aclarado el concepto de esperpento y sus relaciones con la llamada realidad y haber puesto algunos ejemplos ilustrativos, para que se entendiera perfectamente su exposición y no quedara ninguna duda al respecto, tomó una hoja de papel y la estrujó violentamente con el puño, hasta dejarla hecha un burullo, que solo remotamente recordaba la hoja original, pero que evidentemente era el mismo papel. “Esto es el esperpento en relación con la realidad, dijo, indudablemente real, pero es otra cosa”.

Quizás su personalidad humana y profesional se debiera a su posición de hombre fronterizo, impuesto por las circunstancias y alentado por él, tentado siempre por un más allá inconformista, que le hacía mirar el mundo, como visto, desde el otro lado  desconocido y tentador de la frontera, desde otra perspectiva. ¿Cómo se gestó esta actitud, que podría definirlo y resumir su trayectoria vital, desborda nuestros propósitos de hoy y, probablemente, nuestras posibilidades de interpretación? Pero el caso es, dejando a un lado cuestiones personales, que el prof. Zamora Vicente fue funda-mentalmente, y eso es lo que  estamos celebrando aquí ahora, profesor de Universidad, especialista en varios campos de la Literatura española, antigua y moderna, de difícil cohesión, como “Las “Sonatas de Valle-Inclán”, “La novela picaresca” o “Camilo José Cela”, editor de textos tan dispares como el “Poema de Fernán González” y la “Bi-blioteca Valle-Inclán”, Dialectólogo, con su manual de “Dialectología española”, “El habla de Mérida”, que fue su Tesis doctoral, o “Palabras y cosas de Libardón”, que escribió, aprovechando unas vacaciones estivales en Asturias. Pero, al mismo tiempo, fue un gran escritor, con media docena de interesantes libros, escritos a lo largo de toda su vida, desde “Primeras Hojas”, 1955, hasta “Vegas bajas”, 1987, que son algo más que una tentación ocasional de profesor ocioso en vacaciones, y obedecen a una real y sostenida vocación de escritor.

Los que le tratamos, sabemos que su jovialidad externa, su frecuente buen humor, su permanente disponibilidad social ocultaban una veta seria, con tintes trágicos, de hombre insatisfecho, intranquilo, muy lejos del sosiego académico que aparentaba. Estaba permanentemente desasosegado y, a veces, en broma presumía de ser un hombre primitivo, con evidentes huellas prehistóricas, como su anormal distribución de las rayas de la mano, que él exhibía divertido. Su mismo acercamiento al hecho literario, y de aquí su interés y su originalidad, diferían mucho del ensayo erudito, de la asepsia exegética, codificada por la costumbre,  del distanciamiento científico, del habitual tono doctoral. Sus comentarios sobre el escudero Marcos de Obregón, pueden servir de ejemplo. Nos acerca al héroe, al ser humano, desde una óptica participativa, casi táctil y desde luego entrañable, como una forma de borrar los límites entre creación literaria  y comentario crítico. Entre la precisión de la ficha bibliográfica y los adjetivos de la imaginación libre. Sus ensayos se esmaltan con expresiones inesperadas, que nos saltan a la vista con gozosa sorpresa. Habla de “congoja acezante”,  de “venturas conjugadas”, de “ejemplaridad rendida”, de “playas quietas”, del “amor anegado en lejanía”, que no nos dejan indiferentes y que nos ayudan a entender sus ideas y a aclarar los textos comentados.

Recuerdo la sorpresa y la gozada que sentí cuando leyendo su trabajo sobre “Marcos de Obregon”, en el que rechaza su pertenencia al género de la picaresca, cuando comenta que  el autor se refiere , contra lo habitual en el género, a lo penosa que es la vejez, co-mo claudicación vital, como onerosa limitación de la vida, y cómo expresa su deseo de escribir su vida “en esos ratos –cada vez más cortos ratos-  en que la gota le deja descansar”.  Y el prof. Zamora Vicente añade, de su cosecha: “Al leerlo, un escalofrío de cautela nos ha hecho mover una pierna, esquivando el dolor, ya, a la primera pági-na”. No hay un modo más exacto, más inteligente, emotivo de expresar una reacción personal  ante un texto escrito, ni una manera mejor de ayudar a la lectura. Esta intromisión participativa del lector en el texto amplía y valora su significado, le da una dimensión nueva, como si estableciera un diálogo con el autor, en el momento de escribir, y entrara en su interior en el momento del milagro de la escritura. No es normal este tratamiento de un texto, no es lo habitual encontrarnos con una reflexión semejante en un una exegesis literaria.

Su acercamiento al cine, del que antes hemos hablado, demuestra su modernidad  y su falta de prejuicios ante un arte de masas, popular, que llega hasta utilizar el espectáculo cinematográfico en sus ensayos de crítica literaria, con naturalidad cotidiana. En su “acercamiento a Tirso de Molina” habla de “rapidez cinematográfica”, con intención encomiástica, como una manera también original de iluminar los viejos textos, con óptica moderna.  Y, al revés, en sus esporádicos  y ocasionales comentarios cinema-tográficos, a los que antes hemos aludido,  no puede naturalmente olvidar su condición de erudito y profesor de literatura, estableciendo otra nueva perspectiva fronteriza en su obra. Que fuera, al mismo tiempo, dialectólogo y crítico literario, así como profesor y escritor de libros de ficción, no hace más que remachar el clavo.

De sus dos facetas, de sus dos rostros de Jano, aunque estemos aquí para festejar la memoria de un Profesor, yo prefiero terminar subrayando su condición de escritor y dedicándole mis palabras finales a comentar su primer libro puramente literario, “Pri-meras Hojas”, que me encantó, cuando lo leí y que me sigue gustando, pasados más de sesenta años, por algo más que por ser un libro, escrito por un amigo, testimonio de un viejo tiempo compartido. Se trata como ustedes saben de una especie de “Memorias infantiles”, vividas por los años veinte, que recogen momentos cotidianos de la vida de un niño inteligente y sensible, que guarda sus recuerdos como un tesoro. El título empieza por confirmar esa sensación de terreno fronterizo, que toda la obra y toda la vida del prof. Zamora Vicente produce. No sabemos si se refiere a las primeras hojas de los tallos verdes o a las primeras hojas de un escritor o a ambos sentidos a la vez, lo que enriquece su contenido. Es un hombre mayor que vuelve a sus primeros años, de una adolescencia curiosa y ligeramente conflictiva, en la que no todo son rosas y luz de domingo. Naturalmente, predomina la nostalgia, sobre cualquier otro sentimiento. Pero el hecho de transmitirnos sus experiencias de entonces redime el texto de cualquier sombra y de cualquier angustia, para purificarlo y exaltarlo, desde una perspectiva li-teraria y vital, común y personal al mismo tiempo.

No hay nada extraordinario en la mirada de aquel niño. Son hechos vulgares, aconte-cimientos mínimos, que pueden ser compartidos por los lectores, protagonistas de las mismas o parecidas historias. “Mañana de domingo”, “Música en la calle”, “Tarde en Rosales”, “Escapada”, “Tarde de cine”, “La verbena” o “Colegio” son algunos de los capítulos, de fácil identificación. Hay otros más dramáticos, más dolorosamente sen-tidos, como el encuentro con la muerte, cuando muere su madre, o el trauma del primer día de colegio  Pero lo excepcional, no sólo es la conciencia que vive aquellos momentos intranscendentes o estos más importantes, de una sutileza asombrosa, sino la sensibilidad con la que nos transmite sus sensaciones, sus pensamientos, los mínimos detalles de las anécdotas vividas, con una intensidad premonitoria, como las palizas que le da su tía la de Arganda o las incomprensiones de su hermana Elisa. Es una mirada que todo lo capta, que todo lo retiene, que todo lo desvela, con algo de óptica prous-tiana, de testimonio fidedigno, a través de los presupuestos de la estética, no necesariamente testimonial, ni fotográfica, sino autónoma, sin más propósito que el gozo que produce.

Se abre con unos versos de Juan Ramón, que establecen ya unas precisas coordenadas de situación y una definición de propósitos: “…como es el cielo por la noche,/ todo verdad presente, sin historia”. Y se cierra con otros versos de Cësar Vallejo: “…también tú vas a ver/  cuánto va a dolerme el haber sido así”. Con lo que queda establecido el clima de la narración y sus propósitos funcionales. Ni el pasado ha desaparecido, ni su evocación se hace en vano. El hombre no tiene historia, pero paradójicamente, contra-dictoriamente, su historia tiene consecuencias. Son los dos principios, descriptivo y moral (¡Ya salió la moral!), que rigen todo el libro. Que no todo van a ser adjetivos bonitos, sorpresas verbales, metáforas atrevidas y éxtasis de ojos vueltos. Nada de poesía pura y temblores de hojilla de afeitar. Compromiso como último contenido del texto. El prof. Zamora Vicente, además de seguir en esto las consignas del ambiente en el que se educó  (Podríamos acudir a la Institución Libre de Enseñanza), era un hombre serio, que no escribía ni a tontas ni a locas.

No nos es posible analizar todos capítulos y me limitaré a analizar brevemente, uno solo, que desde que lo leí me dejó impresionado. Pero antes anotaré  dos rasgos  de esti-lo personal, que marcan  su prosa rica en sugerencias, en hallazgos, en matices expre-sivos, además de una adjetivación precisa y rica. Me refiero a la frecuente utilización de los diminutivos, terminados en ito, que caracterizan su prosa y la dotan de un lirismo cálido y le confieren  un carácter de intimidad, de  proximidad sentimental, de cordia-lidad, de confesión susurrada, de familiaridad emotiva. No es el tamaño lo que denotan, no es una forma de enseñarnos las cosas, los objetos, los detalles decorativos, sino la tierna mirada con la que se contemplan y la efusión con la que nos las comunican, predisponíéndonos  a la simpatía, a la bondadosa aceptación. Diminutivos como “cuadradios”, “versitos”, “aplastadito”, “pañuelito”, “montoncitos”, “pequeñitos” o rojitas” no indican una  jibarización de la realidad, sino una luz de misericordiosa complicidad.

El otro rasgo característico de la prosa de este libro, muchas veces como coda final, que cierra una narración y deja abierta la continuidad de la situación,  con una intencionada indecisión, es el empleo de un gerundio intemporal y difuso, que prolonga el tiempo cronológico y sugiere su indeterminación. Por ejemplo, el capítulo “Viejos retratos”, en el que describe los viejos retratos familiares, en el álbum de las fotografías del pasado, que se cierra con “un broche doradito”, termina, después de un conmovedor recorrido sentimental por las efigies de los personajes representados, las tías-abuelas, las primas, los tíos carnales, etc,.  con esta frase: “Sí, ya no importa la cara, la pasajera identi-ficación, sino la presencia de esa tarde alegre del retrato, vanamente eterna ya, y ajándose”, donde el gerundio adquiere un valor que sobrepasa su significado concreto y su precisión cronológica. Podríamos traer otros muchos ejemplos, como “noche arriba y ya oscureciendo”, “y afuera todo el viento eterno y consumiéndose”, “frente al río ya y siempre regresando”, “el monigote de la pianola dándole a la cabeza y al triángulo y resonando, resonando”.

El capítulo del “Colegio” es particularmente significativo, porque a la belleza formal añade un contenido psicológico y testimonial de especial transcendencia. Es un au-torretrato infantil, como el prólogo de una madurez diseñada en sus primeros rasgos y vista con juvenil sinceridad. Es el pequeño de la casa y todos sus hermanos ya van al colegio. Por fin, protagoniza él la  escena diaria de salir de casa, de mañana, “la bufanda bien subida, el humo del aliento saliendo por encima de la vueltas, el cuello del abrigo alzado, o la capucha del impermeable levantada”. Todo da la impresión de una imagen vivida, guardada en la memoria cálida de la nostalgia. “Ahora, me iré yo también con ellos”. Hay como un viril desafió en la emulación de los hermanos mayores, que hace olvidar los rigores del invierno.: “el invierno en la calle, ruidos apagados, niebla suavecita, muchas cosas de estrena”, la cartera, la cartilla, los libros, y las últimas recomendaciones, “no te separes de tus hermanos”, “en el Colegio no se llora”. “Frío en la calle”. “Ya entramos”. “No conozco a nadie, empiezo a apurarme…, yo no se leer ni nada, todos me miran, qué bien ahora en casa …y el primer torniscón por moverme del sitio sin permiso”. “Tengo desazón”. “Me parece que me lo voy a hacer encima”. Todo en un estilo directo, impresionista, puntillista, de gran eficacia.

Las primeras experiencias desagradables, los primeros castigos, los primeros encontronazos con los compañeros, pero, y esto es lo más importante, como valiosa confesión, tenazmente guardada en la memoria, “Pero ni el más leve puchero, no me podréis decir nunca en casa  que no supe resistirme”. Luciano G. Egido. Madrid octubre, 2016

Texto recibido el mes de octubre de 2016

9:32

 

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