en Etapa 2: Mérida 16-17 Diciembre
2016 12 16. Editor

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ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE ALONSO ZAMORA VICENTE

HITO MÉRIDA (2016)

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

Lectura en cada parada de un fragmento de textos referidos a Mérida de Alonso Zamora Vicente

Recorrido: 

1. Calle Moreno de Vargas, 10. Sede del Instituto donde AZV dio clase en Mérida

2. Calle Camilo José Cela

3. Rambla Mártir Santa Eulalia

4. Calle Santa Eulalia

5. Calle Alonso Zamora Vicente

6. Puente Romano. Plaza de Roma

7. Muralla de la Alcazaba. Conventual Santiaguista

8. Templo de Diana

9. Teatro Romano

10. Museo Nacional de Arte Romano

ETAPA 2. MÉRIDA

16 Y 17 diciembre 2016

Más información www.dialectus.es/congreso

 

SÁBADO, 17 DICIEMBR 12:00h, 17 diciembre 2016

E DE 2016. ETAPA 2: MÉRIDA

«ITINERARIO ARTÍSTICO LITERARIO ALONSO ZAMORA VICENTE

100 AÑOS DE SU NACIMIENTO»

1916-2016

Cáceres → Malpartida de Cáceres → Mérida → Madrid

Noviembre-diciembre (2016), enero (2017)

 

 

 

 

 

1.       Calle Moreno de Vargas, 10. Sede del Instituto donde AZV dio clase en Mérida

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

MÉRIDA EN EL HABLA DE SUS GENTES

Y heme aquí profesor de un Instituto rural. En la cabeza del joven  profesor se revolvían en vivo vaivén las citas literarias que apoyaban sus pasos camino del Instituto. La más cercana era, sin duda la de Antonio Machado anclado en la Baeza de principios de siglo. Alguna otra runruneaba a su lado: Gerardo Diego en Soria. La geografía española no estaba por aquellos días desperezada: dominaba por todas partes el modesto fluir de la vida campesina, cortada por horizontes próximos y repetidos. Las citas literarias me invitaban a justificar mi elección de Mérida como lugar de estreno profesional. ¿Azar?  ¿Presentimiento? Lo que sí estaba muy  claro mientras subía la cuesta de la Rambla, claudicante septiembre de 1940, era la secreta alegría de que iba a volver a vivir.  Durante mucho tiempo, los que pertenecemos a la casta de los vencidos teníamos que presentarnos periódicamente en la improvisada oficina-registro militar, para certificar que el tedio o la desesperación había acabado con nosotros.

[…]

Pues bien, aquello se acabó. El hecho de ser funcionario en activo, de tener una cartulina con foto  y un sello ministerial me libraba de mi visita semanal a aquel huequecillo de la calle don Pedro. Era en Mérida, otra vez hombre libre, despreocupado hasta donde se podía ser  despreocupado y dueño de mis decisiones.

Y  también presentí desde el primer momento  que yo haría un estudio del habla local, páginas que pudiesen estar en sintonía con la investigación dialectal europea y me sirviesen de soporte para mi futuro de filólogo. Se trataba de buscar a Mérida en Mérida mismo,  en el habla de sus gentes, de sus tradiciones,  su cara más viva, grave o sonriente, es decir,  indagar en el alternado jugueteo de síes y de noes, que constituye la base de la vida. Y todo a través de su hablar.  Comencé a  recoger  materiales aquella misma mañana, cuando, en el irremplazable paseo hasta el puente, oí  los primeros pregones, al pasar por el mercado. Todo era desasosiego, sacudidas reiteradas para alejar intranquilidades o indecisiones. Había que ir a esa meta como quiera que fuera. Ni se me ocurrió pensar que en el Instituto me esperaba un trabajo agotador, que se llevaría todo tiempo. Pero la suerte estaba echada: Garci Sánchez de Badajoz vino en mi auxilio:

 

Mérida que en las Españas,

Otro tiempo fuiste Roma,

Mira a mí.

Y verás que en mis entrañas

Hay mayor fuero y carcoma

Que no en ti.

 

 

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

 

 

2. Calle Camilo José Cela

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

EN ESPAÑA NO HABÍA DIALECTOLOGÍA

 

Y sacrificando fiestas  y vacaciones, incluso un verano entero, me entregué  a la recogida de datos para lo que después fue El habla de Mérida y  sus cercanías. Hubo que fijar el área de estudio, los pueblos que por una u otra razón tuvieran más relación social, administrativa o cultural con Mérida, es decir, donde el prestigio de la ciudad más  grande, con historia y centro de administración y de mercado tuviese mayor influjo. Y luego, buscar los sujetos informantes para redondear lo oído en el ambiente familiar, la calle. las conversaciones fluctuantes. Ahí comenzaron también los escollos.

Prácticamente, en España no había dialectología. Por lo menos en la forma que lo hemos practicado después, la que, y no sin cierto desdén presuntuoso, se ha llamado dialectología de campo. Y que, en aquellos momentos, suponía incorporarse a la madurez europea de esa vertiente de la Filología románica. En España no existía una tradición de ese tipo de estudio. El Centro de Estudios Históricos había empezado, como hizo con otras muchas vertientes de la vida científica, a poner en marcha su desenvolvimiento. Pero el hombre propone y Dios dispone.

Después de los viajes por centroeuropa de Tomás Navarro, la persona escogida por Menéndez Pidal para esa vertiente de la investigación, habíamos sufrido un enorme parón: a Navarro se le encargó la elaboración del ALPI. Pretendían los maestros de entonces asociar la investigación española a las últimas corrientes de la europea. Navarro conoció muy directamente la labor del Seminario románico de Hamburgo, de donde salieron excelentes monografías sobre hablas locales, dóciles a la metodología de Wörter und Sachen. Destaquemos inmediatamente que Extremadura tuvo un importante hueco en su amplio repertorio: los trabajos de Fink, Ebeling o Fritz Krüger lo documentan. Navarro se entregó con ardor a su tarea. A pesar de su relación con los investigadores de Hamburgo (a varios los he llegado yo a tratar: Wilhem Giese, Hans Schneider, y, sobre todo, Fritz Krüger, con quien mantuve estrecha relación en los años argentinos), Navarro se inclinó por la corriente suizo-itálico­germana: el Atlas de Italia y Suiza románica, de Karl Jaberg y Gerhard Rohfls.

[…]

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

 

 

 

3.Rambla Mártir Santa Eulalia

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

LLEGUÉ A MÉRIDA CON VENTICUATRO AÑOS

 

Hace más de medio siglo, comenzó mi vida oficial de profesor. Fue aquí en Mérida en la misma ciudad donde habéis querido generosamente que venga a incorporarme a vuestros quehaceres.

[…]

Digamos aprisa y en primer lugar que todo se ha transformado en ascendente escala de orden y luminosidad. Y esto que tanto avala el bienestar colectivo es fruto de vuestra actividad. El trabajo constante de los más jóvenes ha ido poniendo los escalones necesarios para obtener la imagen actual, esa que hoy nos complace.

[…]

 

Llegué a Mérida con dos maletas atestadas de libros y veinticuatro años en el bolsillo, flamante catedrático de un Instituto de Enseñanza Media. Al subir la cuesta de la estación (me acompañaban unos parientes muy queridos), fatiga del viaje con humo y duras tablas de vagón de tercera, diez, once interminables horas de camino, la desazón se acumulaba en la garganta, acosada de

 

preguntas: ¿Cómo será esto de noche mudas ya las cigüeñas? ¿Dónde estará el Instituto? ¿Podré escaparme a algún sitio un fin de semana o entre  dos fiestas? –aún no existía el puente y mucho menos los acreditados moscosos–. Toda la duermevela del viaje estallaba intranquilidades que la conversación afectuosa no conseguía callar. Entramos en la Rambla de Santa Eulalia por su parte final, donde me habían buscado albergue. Fue la primera vez que oí –sin comentario alguno, por si se trataba de uno de esos timitos de la cazurrería local a costa del recién venido– que la Santa Eulalia del monumento colocado en el centro del jardín era el soldado romano. A la mañana siguiente, ya solo, mis primeros pasos me acercaron al monumento, a comprobar si efectivamente era un soldado o si, por el contrario, exhalaba el vaho de la santidad. No pude afirmar ni una cosa ni otra. Seguramente era un aguerrido número de las legiones que ocultaba quien sabe qué tenebrosa decisión militar.

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

 

 

 

4.Calle Santa Eulalia

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

EN MÉRIDA NO HABÍA LIBROS, NO HABÍA BIBLIOTECAS

 

No voy a cometer la grotesca torpeza imperdonable de ponerme ahora a reproducir mis encuestas. No puedo traer aquí, en manera alguna la atmósfera de desconfianza que poblaba los preliminares de los diálogos: estábamos en la España ensoberbecida en la represión. En todas las casas faltaba alguien: presos, muertos, desaparecidos. Y sobraba la disimulada amargura. Necesitaría yo ahora poderes excepcionales para reproducir el nacimiento de un calor, de una holgura en los diálogos, fruto de la cháchara cordial y colocarle en la atmósfera turbia, oxidada, de humo de tabaco verde o de otros sucedáneos, y mezclarle con el olor de la pana resudada. Olor de pobreza y desencanto, a vueltas con la eterna esperanza compañera. La ola de pudor que se disfraza en carcajadas cuando le toca el turno a las palabrotas o al léxico de contenido sexual…  ¿Cómo reproducir todo eso ahora que ya no existe con la nueva libertad de costumbres…? ¿Cómo se podría transcribir  el zumbido de las innumerables moscas que levantan unánimes el vuelo al entrar alguien y agitar la cortina de canutillos…? ¿Y cómo repetir el escalofrío de un silbido de locomotora lejana en el silencio compacto de las inscripciones quimográficas…? Sé que los investigadores actuales disponen de múltiples medios para su trabajo, sobre todo de fidelísimas grabadoras, pueden incluso llegar a la grabación

 

solapada, a espaldas del hablante, que ya no cuenta gran cosa, y, luego en relucientes laboratorios, repletos de complejas mesas de mando pueden diseccionar, manipular, separar armónicos (¡deshumanizar los sonidos…!) reconstruir voces… Pero no podrán, en manera alguna decir la soterrada corriente de simpatía entre el investigador y el sujeto investigado al hablar de la inminencia de una fecha («–¡ese día nací yo…!–»), de un lugar («–¡allí nos casamos…!–») o de un suceso («–¡en ese hospital estuve yo cuando la mili que tuve las tifoideas…!–». Tampoco reproducirán nunca la secreta alegría que daba el encontrarse, en un descanso en la era, con viejas expresiones del Lazarillo, de Cervantes o Lope Vega, las voces  que horas antes nos habían desasosegado por su esquividad y apartamiento. Y estaban allí, esperándonos a la vuelta de la esquina, en una era ribereña del viejo Anas.

 

Trabajé con lo que había. Y con la aplazada esperanza, como en las películas de la infancia, episodio tras episodio, inquietud mantenida en persecución del desenlace. En Mérida no había libros, no había bibliotecas. La lista de dudas y consultas que resolver en apretados viajes a Madrid crecía, crecía. Y sacrificó varias veces mis vacaciones.

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

 

 

5.Calle Alonso Zamora Vicente

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

UN PLATERO MANSURRÓN, BUENA PERSONA

Yo recordaba la admiración con que en la puerta del Centro de Estudios Históricos, rodeábamos el automóvil (todo el  mundo decía automóvil,  y con mayúsculas: habría sido desacato decir auto a secas) que se había adquirido de segunda mano como los manuales de Gramática histórica y que había costado creo que unas dos mil pesetas.

[…]

Pues yo no quise ser menos: me busqué un vehículo para mis idas y venidas a los pueblecillos del contorno. (A unos, Esparragalejo, Calamonte, AIjucén podía ir en el tren, pero no podía volver en el día; a otros, Arroyo de San  Serván,  Don  Álvaro, San Pedro, Trujillanos no había procedimientos fáciles). Y ni corto ni perezoso compré un burro. Un platero mansurrón, buena persona, famélico como estaba de moda. Pero… Yo no sabía entonces o no me paré a pensarlo que también los burros comen y  que no había por parte alguna qué darle de sustento. Y que un burro por manso o facilón que fuere, tenía la sagrada obligación de estar registrado en no sé qué oficina importantísima. Se me hizo presente mi semanal presentación ante un mutilado de guerra para demostrar que mi peligrosidad estaba conjurada. Vi a mi platerillo diciendo en alta voz su nombre y hasta presumiendo de filólogo, y suplicando ser matriculado, como lo estaba el viejo coche de los colaboradores del Atlas y si no, a morir por Dios. Y la precavida administración no calculaba la posibilidad de que un jovencillo, catedrático oscuro de un oscuro instituto de segunda enseñanza, aún en edad militar  y hombre urbano según todas sus pertenencias, tuviese derecho alguno para disponer así, por las buenas, de un sermoviente, aunque fuese de corta alzada.

Fue una auténtica, avergonzada frustración. Acudió mucha gente a mi casa, con cara de circunstancias, todos parecían darme un pésame universal y ordenancista por mi borriquillo. Presumí que, en realidad, lo que anhelaban era quedarse con el animal. Tuve que decirles que no disfrutaban de las copiosas y exquisitas circunstancias exigidas para ser propietarios de un asno, y que, no, nada, que no había borrico. Alguien inventó, ¡ay la tradición popular de nuestros héroes! que, bueno, que burro que no se matricula, en la sartén gesticula… El refrán no está en Correas,  ni en ningún otro repertorio; en cambio, si está aquel de cuando el río suena… Le regalé el borriquillo a uno de mis informantes, gran amigo. Vivía en la salida de la carretera de Cáceres, era ya muy viejecillo, había sido soldado en la guerra de Cuba, tuvo mucha suerte, que unas fiebres raras que agarré allí ¿sabe? la manigua , los manglares son mala cosa, no es como aquí, que uno sabe claramente por dónde se mete… De aquel sujeto aprendí que ni el Guadiana ni el Albarregas llevan artículo en el habla local, como en la lengua antigua ocurría con todos los nombres de río.

 

 

 

 

 

 

 

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

6.Puente Romano–Plaza de Roma

 

Alonso Zamora Vicente

Un recuerdo de Miguel de Unamuno

Salamanca, 1958

Cuadernos de la cátedra Miguel de Unamuno

 

ESE UNAMUNO DISTANTE… EN MÉRIDA, AL BORDE DEL GUADIANA

 

Ahora, ya pasado mucho tiempo al cruzarme día  a día con su admirable busto, obra de Victorio Macho, en la escalera de la Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca, he recordado muchas veces el aguijón de su tarea para la juventud de mi tiempo.

[…]

Unamuno vivía, como todo el mundo sabe, en Salamanca. Un estudiante madrileño le veía de vez en cuando en el Ateneo, siempre rodeado de múltiples gentes anónimas, o solo, en el Museo o al sol las pálidas mañanas del invierno, en el Paseo del Prado.

[…]

Pero, un día, ese Unamuno distante, espectral casi, me tuvo por único auditorio. Adquirió, redonda y repentinamente, cercanía, bulto, palabra, aliento. Fue en Mérida, en junio, el día del estreno en el teatro romano, de la Medea por él  traducida. Asistimos un grupo de estudiantes madrileños. Estábamos acostumbrados a madrugar mucho: el ejemplo de don Elías Tormo, que, al mismo salir el sol, o aún antes, nos enseñó a recorrer iglesias escondidas, a ver las ciudades desde sus mejores puntos y a contemplar  el nacimiento de mercados y trajines. Ese día, como de costumbre, madrugué. Y fui a parar al puente romano.

Amanecía y don Miguel ya estaba en la barandilla de la entrada, por el lado de la ciudad, donde comienza el pretil, mirando calladamente al agua. Había que pasar por allí o volverse.

Avancé, sin embargo. Y fue don Miguel quien, ante mis tímidos buenos días entabló conversación conmigo. Se informó de quién era yo, qué hacía allí,  dónde había dormido, si me habían llevado gratis o pagando, qué impresión me había producido el teatro… Y terminó cruzando y recruzando conmigo el puente. No puedo recordar ya de qué me habló. Están, vivos solamente mi admirado recuerdo agradecido, el aire de su voz, su conversación a saltos, la creciente luz de la amanecida, mi llegar tarde al desayuno del hotel, su gesto piadoso de despedida en la Plaza Mayor, una mañana de junio de no recuerdo bien el año (1933?), en Mérida, al borde del Guadiana.

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

 

 

 

7. Muralla de la Alcazaba. Conventual Santiaguista

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

PERO VOLVAMOS A NUESTRO QUIMÓGRAFO

 

Por aquellas alturas del orgulloso siglo de la técnica el quimógrafo era la máxima aplicación científica a la Fonética experimental. En el Centro de Estudios Históricos el laboratorio de Tomás Navarro nos sobrecogía: acostumbrados a las horas interminables de bibliotecas y ficheros, aquellos aparatos encerraban misterios casi mágicos.

En el tiempo que recuerdo, todo el laboratorio nos estaba vedado, había formado parte de un botín de guerra no discutido ni inventariado. Tuvimos que agenciárnoslas como Dios nos dio a entender. Fue así como tuvimos –digo tuvimos, en plural, porque fuimos dos, María Josefa Canellada y yo los que luchamos con aquel minúsculo prodigio– tuvimos digo un quimógrafo pequeño, de fabricación casera. Y nos inspiramos en los numerosos vigentes en los grandes laboratorios europeos.

[…]

Pero volvamos a nuestro quimógrafo. Rudimentario y todo, equilibrista hábil de la frontera entre la caricatura y  el esquema científico  funcionó con extremada precisión, aunque alguna vez se tomare un respirillo para perpetrar una especie de libertad de expresión caracterizada por el silencio. En estos casos se paraba. Era fácil suprimirle el arrechucho.  Yo creo que nos entendía. Debía de poseer un vago instinto animal que le hacía a comprender nuestras voces. Era algo más que un simple cómplice mecánico: era un apasionado colaborador. No nos debe de extrañar: toda la compleja compañía de aparatos que hoy nos rodea, en nuestras propias casas, también sufre crisis de dejadez, fatiga o protesta.

[…]

Eso le pasaba a nuestro quimógrafo, diáfano ejemplo de la solidaridad entre sus variopintos componentes: las membranas que recogían las vibraciones de las cuerdas vocales por el exterior de la garganta, procedían de globos infantiles o de propaganda comercial, entonces muy frecuentes (¡los jueves, globitos…! proclamaban los altavoces de los grandes almacenes); tan humilde y escurridizo material pasó a llamarse con toda pompa y seriedad diafragma: y lo era una vez colocado en el disco.

[…]

 

Pues con aquel quimógrafo novicio que  obedecía más a nuestra voz que a los supuestos físicos que le dieron vida se hizo casi todo cuanto a materia fonética –que no ha sido poco– hemos ido haciendo y publicando

[…]

Nuestro quimógrafo disponía de la fortaleza del débil que sabe estar en su sitio. Una tarde, 1941, primavera queriendo brotar, ya florecidas las mimosas que se agazapaban en el Conventual, estábamos logrando quimogramas en una casa de la ciudad. Hacíamos inscripciones con dos fines. Unas para el estudio de la entonación extremeña de María Josefa Canellada (los estudios inaugurales y casi únicos en esta importante parcela del hablar) y otros para mis rehiladas y para las aspiraciones sonoras, nunca antes advertidas. Qué más dará hoy lo que buscásemos en ese perdidizo ayer.

[…]

 

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

8. Templo de Diana

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

«IR AL PUEBLO», «CHAPUZARSE  DE PUEBLO»

 

No acabaría de contar esas pequeñas interioridades que no se asoman en la obra ya impresa.

Pero sí quiero destacar que dedicarse  a hacer dialectología de ese tipo por aquellos años fue, hoy lo veo con deslumbradora claridad, el final del mandato noventayochista de «ir al pueblo», «chapuzarse  de pueblo» como aconsejaba Miguel de Unamuno o como lo vemos en muchas páginas de Azorín, de Baroja, e incluso, saltando las distancias en la multitud atropellada que se lanza por el despeñadero de castas sociales en trance de desaparición, en las Comedias bárbaras de Valle Inclán. Durante los años de formación, espalda vuelta a los grandes del XIX, incluso a Galdós, para vergüenza nuestra se nos vino inculcando el amor y el respeto al pueblo, así, con la vaguedad de contornos que tal expresión presenta. Tan solo se nos iluminaba el concepto al ver a ese pueblo como sujeto de la intrahistoria unamuniana. A los noventayochistas, ese pueblo tan buscado se les fue de las manos, no lograron asirle. Lo que encontraron fue un fantasmal residuo de un compromiso propio con la historia.

[…]

Casi medio siglo después varios jóvenes españoles, asumidos en el desconcierto de ver a ese pueblo dando atroces pruebas de no saber entenderse, de ser incapaces de mesura y tolerancia fuimos a buscarle en su propia guarida: así me tropecé con la nómina de mis informantes,  el lechero, la inolvidable familia que me acogió en su casa, los curas vascos desterrados en San Pedro de Mérida y en otros lugares, trabajadores del corcho, con tantos como se esforzaban para seguir viviendo y dejarse atrás las malquerencias, las denuncias, los atropellos de todo signo.

No fui yo solo. Hoy cuando ya ha comenzado el definitivo camino para muchos, vuelvo a pensar en la tarea de unos cuantos de la misma edad (lo que supone igualdad de experiencias vitales, tanto culturales como catastróficas: Camilo José Cela, que nos devolvió la novela. Pascual Duarte es pueblo, y la gente que se mueve por el Viaje a la Alcarria o por Judíos, moros y cristianos es pueblo. Julio Caro Baroja preguntó por ese pueblo en sus estudios de Antropología sobre el Carnaval o las supersticiones, etc. Julián Marías volvió con frecuencia a revisar estos postulados, y su Miguel de Unamuno fue muy temprano un nudo con toda la trayectoria anterior; Antonio Tovar, en el campo de la cultura clásica, recayó en lo mismo, al determinar rasgos de lo celta y lo latino primitivo, y sus huellas hoy, Buero Vallejo buscó ese pueblo en Historia de una escalera y en tantas otras de sus producciones, desnudándole del tipismo arnichesco que parecía intocable. Y la poesía de Blas de Otero se orienta muy decisivamente a la inmensa mayoría. Por ese clima se paseaban mis páginas sobre las hablas extremeñas, o las de otro territorio que haya recorrido,  manchegas, andaluzas, gallegas y después ultramarinas. Incluso mi disección lingüística de Gabriel y Galán responde a ver qué tenía que le convirtió en poco menos que en abanderado de colectividades enteras, siendo una poesía mediocre, marginal.

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

9. Teatro romano

 

Alonso Zamora Vicente

Un día extremeño más

10 de noviembre de 1996

Boletín de la Real Academia de Extremadura

 

LA HISTORIA DE UN PROFESOR RECIÉN HECHO

 

¿Por qué fue posible que Unamuno le elogiara de aquella manera, aún después de haber aparecido libros de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez? Puesto frente y al lado de las comunidades populares de las sierras de Gata y de Béjar, la poesía de Gabriel y Galán contaba con una dimensión social extraordinariamente significativa: era la voz del pueblo, de un pueblo que se encontraba retratado allí. Hoy nos anega una imparable escorrentía de discursos altisonantes hablando de pueblo y más pueblo y envolviéndolo en falaz vestimenta que llaman conciliación, entendimiento, etc. Estoy convencidísimo de que en aquellos años subsiguientes al gran desastre, la tarea de estos jóvenes, hoy octogenarios, hizo por tal aveniencia muchísimo más que tanta palabrería acomodaticia y sonora. Tengo que pedir perdón por estas divagaciones al margen de la retórica exigible en un discurso académico, pero me era obligado recordar hoy cómo fueron naciendo mis vínculos con Extremadura.

Cuando salió el libro –que tuvo una vida editorial accidentada y atestada de problemas– empezaron a aparecer las reseñas en el mundo del oficio. Fue muy bien recibido en general. Para unos de cierto color, era bueno no por él, sino porque el autor se había formado en el viejo Centro de Estudios Históricos y había sido colaborador del Atlas lingüístico de la Península Ibérica, y hasta creía el reseñante que el material había sido recogido durante las campañas extremeñas del Atlas. Dios le conserve la sabiduría y la

agudeza. Hubo quien casi con cierta cólera me reprochaba que en dos o  tres casos no figurase la cantidad latina en algunas voces dadas como etimologías. ¿Cómo hablarle de mi extravío una noche en un encinar oscuro, viaje que acabó con la detención por unos soldados de vigilancia contra alzados y que pasé por el centro mismo de una dehesa donde pastaban toros bravos? Otros, más cucos se limitaban a copiar lo que juzgaban conclusiones. Pero lo más valioso fue la aparición de la monumental obra de Sever Pop, gran maestro rumano, quien en Bruselas editó los dos gruesos tomos   La dialectologie. Allí se dedicaba un capítulo entero a mi Mérida y hasta se felicitaba a mis inscripciones quimográficas. Yo no sabía cómo lucir el tomazo de Sever Pop. La verdad es que renuncié a ello por su extraordinario peso y su escasísima facilidad de manejo. Muchos recovecos estudia Pop en sus páginas, pero no ve, Pop no pudo ver la cicatriz de un momento único en la historia de un profesor recién hecho, que en septiembre de 1940, subía con sus maletas atestadas de libros la cuesta de la estación de Mérida.

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

 

 

10. Museo Nacional de Arte Romano

 

Alonso Zamora Vicente

Prólogo a la segunda edición de

El habla de Mérida y sus cercanías

Diciembre, 1982

Patronato de la Biblioteca Municipal y Casa de Cultura. Mérida

 

LOS SUJETOS ESPECIALES DE MIS ENCUESTAS

 

Debo recordar aquí, muy señaladamente, a los que, siguiendo los métodos usuales entonces, fueron los sujetos especiales de mis encuestas.

[…]

Tardes en la era de Trujillanos con Florencio García Higuero, locuaz, simpático, convencidísimo de que su interlocutor madrileño estaba majareta. Conversaciones con el párroco vasco, desterrado, que paseaba a grandes zancadas por los alrededores de San Pedro de Mérida y caía en mutismo llamativo al rozar los motivos del trasplante. Entierros, bodas,  bautizos, fiestas patronales en Aljucén, donde iba a pie, acompañando al cura, D. Pedro Redondo, bondadoso y fino, profesor de religión en el Instituto, solían mandarle una mula en los casos de urgencia …

[…]

Volviendo a los que fueron mis «sujetos» he de recordar al tío Quico, Francisco García Aguilar, el lechero. Vivía por la antigua salida hacia Cáceres, pasado el paso a nivel, una puerta ancha guarnecida de macetas rabiosas de colores y perfume y nombres sugestivos, entremezclados con el olor agrio de cabras y vacas. Compartimos muchas veces el burranquino, en expediciones a los pueblos cercanos. Pareja cercana era el alfarero, del que apenas me queda otra imagen que algún pucherillo desperdigado

entre los libros. ¡Cuánto, cuánto aprendí de su experiencia! Dichos, sucedidos, anecdotario irrestañable, el desencanto total de la guerra y la conciencia clara  de su  bárbara  inutilidad …

[…]

Todavía me divierte la sorpresa de Alanje, donde, en el bar modesto y chirriante de cortinas de canutillos, innumerables  tiras pegajosas para atrapar las moscas, entablé diálogo con una persona muy, pero que muy enterada… Había sido el mismo sujeto que se utilizó para llenar los cuestionarios del Atlas lingüístico de la Península Ibérica. Después, receloso, había procurado informarse, tenía unos parientes en Madrid, entre ellos un escribiente del Ob­servatorio astronómico, ahí , donde preparan los pedriscos…

[…]

 

Mi parentela (muy querida) de Mérida se dispersó, y anda por otras ciudades, y no sabría ahora localizar a la gente que cariñosamente me albergó en su casa, Rambla de Santa Eulalia, no sé el número, y mis sujetos ya no están por estos barrios. Estas páginas escritas ha veintipocos años, cuando más de media España luchaba por integrarse en su real país inalienable y no le fue permitido, dan, por lo menos, testimonio de ese empeño. Menos da una piedra, y muy bueno, mucho, es comprobarlo.

 

Selección de Antonio Viudas Camarasa y Rosa María Lencero Cerezo

 

 

 

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