en SENDERISMO DE HOSPITAL

2018 08 23 Antonio Viudas Camarasa

 

ANTONIO VIUDAS CAMARASA

SENDERISMO DE HOSPITAL

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL Y GREGORIO MARAÑÓN AL FONDO

Libro en proceso de redacción

Venta en librerías a partir de diciembre 2018

MONÓLOGOS DIALOGADOS

DIAGNÓSTICO CLÍNICO DE RECUPERACIÓN GUAY

23 Agosto 2018

Llevo 25 horas fuera del hospital. Un día muy movidito.

Visita a mi compañía sanitaria: burocracia a gogó

Ayer lo primero que hice, recién salido del hospital,  fue dirigirme a la una del mediodía a la sede de mi compañía sanitaria para arreglar los papeles. Tras exponer con mi labia lo sucedido, admitieron a trámite mi expediente como había previsto.

No pude saber a cuántos euros asciende mi estancia de ocho días de agosto como turista de hospital con vistas a los cuatro puntos cardinales, al este la Sierra de la Montaña, al sur la Sierra de las Camellas, al oeste la Sierra de San Pedro y al norte la ciudad monumental de Cáceres. Hotel hospitalario riquísimo en panorámicas varias.

Calculo que por lo mínimo (a 6.000 euros por noche en suite compartida con dos colegas sucesivos) el monto final serán 48.000 euros españoles, con el extra de una noche toda la suite para mí solito, que fue cuando dormí  a la pata la llana. Las otras las encontré más aburridas y ajetreadas y me recordaron mi dormitorio de adolescente donde compartí sala dormitorio con cuarenta y cinco internos. También me acordé de las salas abiertas con camas numeradas que describe María Josefa Canellada en la novela Penal de Ocaña. Aquello era más divertido que compartir habitación biplaza.

Me informaron del protocolo comercial de mi compañía. Lo más probable es que no me faciliten fotocopia de la factura definitiva. ¡Pagan ellos y que ellos se entiendan!

La vuelta a casa, mi casa, mi ermita

Llegué a mi casa con el biplaza, coche espantasuegras, que compramos hace años, conducido por mi conductora preferida, ya cansada de tanto mimar a su marido tanto en el pre- como en el pos-operatorio. Comí muy bien y descansé.

Rindo honores a mi médico de cabecera el doctor Carlos Luengo

Por la tarde visito a mi médico de cabecera, transportado como copiloto en nuestro utilitario ergonómico para dolores de espalda. Don Carlos examinó toda la documentación, firmó mi baja laboral por incapacidad temporal en concepto de operación quirúrgica  código CIE-9-MC 51 23.

Primera promesa alpinista

Ascendimos en curvas tornantes a la Virgen de la Montaña. Visité el santuario, me quise hacer un selfy con la Virgen, pero mi cámara de tanto estar con médicos y enfermeras y demás personal de recursos humanos sufre de objetivo estropeado para la autofografía.

Terraza de verano recordando al doctor Marañón

Al salir me encuentro que Rosa le explica lo que le ha sucedido a Florencio. Les invito a los dos y tomé un trinaranjus con aire de tormenta en la cafetería más alta que conozco de Cáceres.

Florencio me sacó a colación el gran ojo clínico que tuvo don Gregorio Marañón con un familiar suyo circa 1928. En Cáceres al familiar le hicieron los médicos muchas pruebas y no acertaban con el diagnóstico. Me imagino el hospital de Cáceres recién inaugurado en esos años cuando el paseo de Cánovas estaba lleno de chaleres y hotelitos entre la calle San Antón y el hostal parador de El Gallo, donde ahora todavía está la Cruz de los Caídos por los dos bandos de la guerra incivil. Los ancestros de Florencio se plantaron en Madrid vía ferrocarril en el despacho del doctor Marañón que tenía fama provinciana de tener muy buen ojo clínico-crítico. Llegaron al despacho. El doctor Marañón les transmitió afecto como atestigua Pedro Laín Entralgo en Marañón y el enfermo (Madrid, Revista de Occidente, 1962). Don Gregorio examinó los resultados del análisis de sangre realizado en Cáceres y les dijo a sus visitantes angustiado: «¿Los médicos de Cáceres no han sabido decirle qué tiene?». “Pues, no, don Gregorio”. Estudió los documentos durante un minuto, analizó resultados y les dio su diagnóstico: “Esto está muy claro, observo un problema de bilirrubina y esto está escrito aquí en estos números, en esta columna”. Les miró a los ojos y les animó: “No se preocupen, con el tratamiento que le voy a recetar en un mes conseguirá usted la curación de sus molestias”. Así fue según me ratificó Florencio, que sus allegados le contaron por memoria transferida. Eso es lo que los estudiosos entienden por ojo clínico Marañón: saber interpretar con sabiduría e inteligencia lo que dicen los resultados de los análisis y pruebas.

Por tanto yo creo ciegamente, sin pestañear, en el ojo clínico de los médicos que saben interpretar, tras pruebas bien hechas, el origen de una enfermedad y luego aplicar los remedios para curarla.

Consejos de Cajal sobre ciegos y sordos 

Tras llegar a casa, cené muy bien y estuve leyendo el envejecimiento del hombre en relación al sentido de la vista y el oído. Mi amigo Cajal sostiene que él prefiere padecer sordera a ceguera:

“En cuanto a mí, prefiero mil veces la sordera a la ceguera. Aquélla me aleja del animal humano, a menudo insoportable, cuando no insidioso y hostil. La Naturaleza se ofrece al sordo con sus mejores galas e inefables maravillas. Desde el astro a la célula, todos son temas de noble curiosidad e ingenua admiración. De su ensimismamiento no le saca el inoportuno oleaje de ruidos y estridores ni le atosigan locuacidades irrestañables. Su soledad mental aviva la atención y acaso acendra el sentido crítico” (El mundo visto a los 80 años. Impresiones de un arteriosclerótico. Segunda edición, Madrid, 1934, tipografía artística Alameda, Madrid, pág. 34).

Se queja Cajal de que tiene libros de Cervantes y Quevedo en una colección con letra pequeña. Dice que los editores miman a los niños con letras grandes y a los viejos no los quieren porque ponen grandes obras en letra pequeña que no puede leer por culpa de las cataratas y la hipermetropía.

Cajal se queja de los editores de libros y periódicos que por motivos comerciales imprimen en letra pequeña y de que utilicen en vez del color negro azulado intenso o violeta fuerte la palidez del pardo claro con tinta de colores desvaídos “confabulados para atormentar a la senectud estudiosa”. Libros que se tienen que leer con lupa: “Poseo colecciones completas de las obras de Cervantes y  Quevedo completamente inaccesibles a los ancianos […] Se editan libros y periódicos para la juventud cuya curiosidad puede discurrir por muchos y placenteros cauces; mientras que a los pobres aventejados se nos priva o escatima el único solaz noblemente humano de que somos capaces” (pág. 24).

Amanecer en mi ordenador. Proyecto editorial

Me acuesto. Duermo –sin tomar calmantes que me los recetó el cirujano “si tiene dolor”, un simple paracetamol– de un tirón hasta las ocho de la mañana. Desayuno estupendamente leche desnatada con galletas. Me pongo en el ordenador a reorganizar mi Senderismo de hospital. Me hace ilusión publicar mi senderismo para que sea un betseller regalo en navidades y se exponga en el Corte Inglés de toda España. El original definitivo se lo mandaré a mi amigo impresor a primeros de octubre. Mientras me dará tiempo de pedir una ayudita del SES. Le puede servir de publicidad institucional promocionando beneficios y desventajas de pos-operatorio en morada individual o compartida.

Visita al Centro de Recursos Humanos de mi universidad. Ausentes por vacaciones. Vuelva usted a finales de agosto

A las once de hoy el servicio de taxi doméstico, pilotado por Rosa, me lleva a la Puerta de Mérida de Cáceres y practico senderismo en Ciudad Monumental y alpinismo de escaleras en el edificio de La Generala – donde pronuncié mi discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura (3 de diciembre de 1989) en el Aula Gregorio López, el jurista de Guadalupe, especialista en las Siete partidas. Me contestó el encarcelado y depurado de la guerra incivil mi maestro de oratoria Pedro de Lorenzo y Morales–. Llego granítica y marmóreamente hablando al Servicio de Recursos Humanos de mi empresa.

La persona que debiera atenderme en esos servicios está ausente. Son las once de la mañana y es agosto. “Ha salido un momento, ahora vuelve”. No vuelve en las dos horas que he estado allí. Me atiende una allegada que desconoce lo que la ausente debe conocer a las mil maravillas. La allegada examina mi parte de baja y me dice que no pone en el papel que he sido operado. Me pide el informe del cirujano. Le digo que lo lea, pero no le autorizo a que haga fotocopias. Es materia bajo control de protección de datos personales. Resuelvo la situación kafkiana. Decido discretamente solucionar visualmente el asunto de ausencia de responsable con prueba visual. Me levanto el ñiqui: la funcionaria, en sala comunitaria de oficinistas, observa con asombro y tal vez con pudor los tres puntos blancos que le convencen de que soy un recién operado de cuerpo parado en el servicio de recursos humanos.

Paso a la sección de altas y bajas internas. Me dice la titular, que no está de vacaciones, aunque es agosto,  que vaya a ver a la secretaria del vicerrector. Bajo por las escaleras y llego al edificio aledaño, el que fue colegio de las Josefinas creo. Las Jsefinas y las Carmelitas en Cáceres son una institución. Las Carmelitas estaban al lado del Palacio de los Golfines de Arriba, donde proclamaron a don Francisco Franco Bahamonde Jefe del Estado Español por error según me contó mi amigo el que fue archivero y compañero de Academia Antonio Rubio Rojas, el que en el Boletín de la Academia Extremeña por error figura como  El historiador RUBIO RAMOS, A. (fruto de una errata) era ANTONIO RUBIO ROJAS https://dialectus.es/el-historiador-rubio-ramos-a-fruto-de-una-errata-era-antonio-rubio-rojas/

En la antesala del Vicerrector de docentes

Me planto en la antesala del vicerrector. Está ausente él y su secretaria. Una persona aledaña me dice que no me puede atender porque ella allí tiene otra función. «Arriba me dicen que me atienden abajo» y «Abajo me dicen que me atienden arriba». Subo arriba. Hablo con control de altas y bajas internas. Me dicen que eso depende de la ausente temporal que lleva Seguridad Social. Total le digo a la responsable del mes de agosto, funcionaria presente en vacaciones de agosto, que haga el favor de comunicarle a la responsable de seguridad social cuando vuelva que me llame por teléfono para ver cómo queda lo mío. Asunto: Baja en tiempo de vacaciones por operación de urgencias en agosto. Creo que con esto no me descuentan ni un euro de la nómina. Eso dice la ley, pero la burocracia no conoce a veces la ley.

Humor negro sarcástico. Me acuerdo de Pessoa. La especialista en los estudos del doctor Centeno que no llegó a terminar la carrera por falta de esfuerzo

Utilizo un humor negro sarcástico muy a pesar de mis costumbres. Es que estoy quemado porque una colega en departamento de otra universidad muy lejana, de comunidad oligárquica capitalista –de esas que van para excelentes, ignorante de muchas cosas y muy sabidilla en otras relacionadas con la innovación pedagógica de última moda esa que proclama que “el alumno siempre tiene razón”, leída en Galdós y visitante imaginaria de la tertulia del doctor Centeno a finales del Madrid del XIX en que Cajal conquista la capital rompeolas de las Españas– llegó a decir en un Congreso Internacional Galdosiano, según ha llegado a mis oídos y a mi vista en documento legalizable, que las bajas laborales reiteradas de los docentes perjudicaban a los alumnos. Parece que esa titulada “En todo lo bien lo hago» no ha pasado de las primeras enseñanzas de las monjas ursulinas de su infancia de pueblo industrial venido a menos.

En la vida te encuentras gente ignorante, envidiosa y desidiosa, que piensa que las bajas  las dan los enfermos y no conocen que quien da la baja es el médico. De los derechos y deberes de los recursos humanos lo desconocen todo. Nunca han estado enfermas, son perfectas de cuerpo y presentan cerebro con encefalograma plano típico de trepas y alpinistas.

Me despido de mi hada madrina “La Generala”.  Me sale mi rama de viejo sindicalista y antirégimen dictatorial, aburrido de que los sindicatos sirvan para poca cosa. Le espeto sin armarle un pollo y le recuerdo que hay un servicio de sugerencias en vigor. Con la tensión alta bajo mis escaleras de añorado discurso de ingreso académico, meditando paso por delante del antiguo colegio de las Carmelitas, saludo al espíritu de Antonio Floriano Cumbreño, que en aquel verano del 36 fue guía turista de la señora e hija del General y llego de nuevo en senderismo de ciudad monumental a la Puerta de Mérida en Cáceres donde me recoge Rosa, mi choferesa.

Un cirujano que me dice lo que necesito y quiero oír

En una sombrina recupero a mi taxista paciente por ciudad monumental de Cáceres. Me desciende hasta  Fuente Concejo y me apeo en la puerta de la clínica San Francisco. Levanto mi ñiqui y bromeando a la recepcionista le muestro mis tres gasas producidas en mi batalla de quirófano. Gentilmente me remite al cirujano, que es mi cirujano antiguo que me extirpó un leve bultito que se peleaba con mis cinturones de Pedro del Hierro en 2009.

No se acuerda de mí. Mira mi historial. Me reconoce como colega de un pariente y más de una contrapariente. Me pide todos los papeles del camión. Se los enseño. Analiza para diagnosticar mi nueva etapa: análisis clínico de recuperación. La confianza que tengo en él me parece que me está curando. Me sugestiono en positivo. Humoreo mentalmente “con un cirujano que se apellida Cardenal, creo que voy a conseguir curación plenaria”. Tal vez pueda conseguir hasta el indulto. Si me indulta…  qué bien, será una excepción que confirma la regla.

Dice que mis  galenos anteriores han llevado a cabo un protocolo perfecto y le convencen los informes de los médicos que me han atendido según los cánones cajal y marañonamente hablando en el diagnóstico clínico pre-operatorio. Lo creo porque es lo que yo quería y lo verifico en sus palabras. Las hipótesis dejaron de serlo y se convirtieron en prueba de necesidad de operación endoscópica o de bisturí. Me dice «no veo nada malo. Le han quitado la vesícula que estaba infectada. Por lo demás todo muy bien».

Decide quitarme los puntos. Me advierte que me va a doler un poquito. Me mete mano y no siento nada y me encuentro ya sin puntos. Y ahora viene lo bueno.

En el diagnóstico de recuperación que es lento me dice lo que yo quería oír que coincide con lo que me animó una de las médico –decir médica, aquí no me parece literario—que me aparece de nuevo en este contexto de hoy «si le quitamos la vesícula, su función biliar es sustituida por otras glándulas que tiene el estómago que segregan lo mismo que ella segregaba en exclusiva». Palabras oídas de una ángela médica diez minutos antes de entrar en quirófano.

El doctor Cardenal me ha quitado durante una semana los fritos y grasas. Luego, ya puedo tomar poco a poco de todo.

«¿Doctor, cómo convenzo a mi mujer, que me quiere mucho y está loquita por mis huesos, de lo que le han dicho los familiares y amigos a quienes les han quitado la vesícula –que ha recogido en su libreta de apuntes de escritora de la realidad– toda una leyenda urbana que preceptúa que no puedo tomar grasas de por vida?» Me contesta mi docto cirujano ya amigo: «Que venga a mi consulta y se lo explico».

Me digo: con la de gente que le ha dicho a Rosa de que estaba sentenciado a dieta de por vida. Me doy cuenta que las posverdades se meten hasta en los portales más imprevistos. Lógico cuando te operan de algo y se lo cuentas a tu círculo, resulta que en ese círculo siempre hay algún familiar, amigo o vecino al que le han operado de lo mismo.

El doctor Cardenal me quita los puntinos y los deja al aire libre para que ellos mismos cicatricen. Nueva técnica. Encontrarse a médicos que están a la última con muchos años de experiencia es una suerte. Esa es la suerte que he tenido. Mi suerte de senderista de hospital.

Me aconseja que viaje

Me aconseja que viaje. Puedo conducir mi autoracavana, si me canso me descanso y “con la autocaravana lo puede usted hacer mejor que con cualquier medio de locomoción”. Ya me veo jugando con la olas de mi mar de Sines alentejano en pocas horas o acariciando a las sirenas en las playas accesibles de Alvor, entre Lagos y Portimão en O Algarve. ¡¡O mi Portugal querido!!

Yo que me veía encerrado en mi ermita durante toda la cuarentena. Este médico me ha dado la libertad, seguro que es un liberal. La única norma del protocolo antiguo sigue vigente: “no coja pesos ni fuerce su vientre. Todo lo demás permitido”.

Puedo conducir coche, no moto ni bicicleta

Puedo conducir coche, no moto ni bicicleta. Puedo desplazarme a la Biblioteca Zamora Vicente para preparar mi «Acercamiento a Penal de Ocaña de María Josefa Canellada» para mediados de octubre, donde podré conocer a Rabaté en Salamanca –claro está mientras no me tengan que operar de urgencias de alguna otra cosa, propia de los ancianos sanos–  que hablará del último libro de Unamuno, escrito entre el 12 de octubre y el 31 de diciembre de 1936.

Puedo ir  a Aragón a visitar las tumbas de mis deudos y tomar de todo con mis familiares y amigos vivos. Todo esto durante esta cuarentena de diagnóstico de recuperación. Además puedo comer de todo con moderación. Estoy maravillado. Tengo una suerte enorme.

Salgo eufórico y a la conserje del centro sanitario le digo «Esta clínica de San Francisco tiene embrujo. Tienen ustedes un cirujano que me ha dicho lo que yo quería oír». “Pues, por lo que veo, le está saliendo hoy el día a usted redondo». Pues, sí, así es. Pero ahora cómo le digo  a Rosa que el médico me ha dicho todo lo contrario de lo que a ella le habían dicho del pos-operatorio.

No todo se ha perdido. Se siente Rosa halagada acertando solo una de las recomendaciones del protocolo “el médico, Rosa querida, me ha aconsejado que ande y que camine mucho. Le he dicho que no se preocupe, soy especialista en senderismo de hospital y ahora deambular por las calles de mi pueblo será un ejercicio muy bonito y voy a conseguir el máster en senderismo callejero en núcleo rural en enseñanza online no presencial”.

Marañón: la enfermedad X en el cuerpo de un paciente

Decía don Gregorio Marañón que no hay protocolo para diagnosticar clínicamente una enfermedad, sino que una vez que se encuentra la enfermedad tiene nombre propio, es decir es la enfermedad X en el cuerpo de un paciente, de un enfermo que tiene una memoria inteligente de su propio cuerpo y vida singular.

Por eso aplicar el protocolo general no es válido clínicamente, las circunstancias del propio enfermo requieren trato personalizado de ojo clínico de diagnóstico y de ojo clínico de curación. Recuerdo haber leído que la relación con el médico –afirma Laín Entralgo– termina o puede terminar de tres maneras, con la curación, con el desahucio o el certificado de fe de vida.

Por lo que veo me he llevado y me llevo también con los médicos que mi historia está terminando en curación en la que han intervenido muchos factores positivos que han coadyuvado a ello: mi familia, mis amigos, los libros, mi tablet, mi móvil y todos los recursos humanos y técnicos que he gozado por la módica cantidad de 48.000 euros con IVA que van a costar mis vacaciones de turista de hospital en una ciudad patrimonio de la humanidad.

Por la transcripción Antonio Viudas Camarasa, Senderismo rural urbano en las cuencas del Guadiloba, Salor y Tajo, Malpartida de Cáceres, 23 de agosto de 2018.

 

 

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